Reflexiones de mediana edad

Por: Andrés Ospina. Escritor y realizador de radio/ @elblogotazo

Por ANDRÉS OSPINA

Sin notarlo uno crece. Y el tiempo va dibujándole en la pizarra mental las reflexiones sintomáticas propias de sus años. Hoy, julio 14 de 2015, cumplo 39. Pienso en mis contemporáneos y en nuestras preguntas comunes. Primero las superfluas: “a 365 lunas de la temida cuarentena… ¿habremos sobrevivido a la alopecia y al abultamiento estomacal?”. Después, las bioéticas y demográficas: “¿tuvimos o tendremos hijos?”. En mi caso no. Lo supe siempre.

¿Y qué de las finanzas? No sé ustedes, pero en lo personal no soy –ya no fui– el rockstar millonario que de adolescente soñé, aunque, si el dinero hubiese sido prioridad, me habría buscado un oficio aburrido y no este… ¡tan entretenido! Por otro lado, la grandeza tiene precio y pocos son los bendecidos. Michael Joseph Jackson y Kurt Donald Cobain nos lo enseñaron.

“El que no es guapo a los 20, famoso a los 30 ni rico a los 40, nunca será guapo, famoso o rico”, leí alguna vez. A estas alturas tales imposiciones sociales lucen irrelevantes… ¡una ganancia de esta edad, compensación sublime a la andropausia, que se asoma! Sé que muchos coetáneos –ya hechos padres o abuelos– pueden entenderlo.

Los que vieron Back to the future y supusieron que a la fecha autos voladores surcarían nuestro espacio aéreo. Los que aprendimos sin tutoriales y nos entretuvimos sin YouTube… con tres cadenas de Inravisión. Los que copiamos trabajos escolares desde la Lexis 22 o la Salvat y no desde Wikipedia… con Brother eléctrica o con el Texas Instruments del papá geek de un condiscípulo. Los que entendíamos por “buen Icfes” cualquier puntaje superior a 300 y aún llamamos ‘Granahorrar’ al Avenida Chile. Los que no padecíamos bullying ni ‘matoneo’, sino, por mucho, ‘montadas’ o ‘jodederas’. Los mismos experimentados en procesos de paz, desilusiones, ‘hechos aislados’ y ‘nuevos comienzos’.

Nada es tan distinto. Los líderes de entonces comienzan a ser relevados por sus vástagos. Eso garantiza continuismos. Pero hay balances que en lo personal alientan. No me he hecho viejo verde, figura que con el respeto que me merecen los viejos verdes del mundo, prefiero abstenerme de emular. A mi lado hay una mujer que inspira y la fortuna me ha dejado una familia intacta. Eso aliviana todo.

Y siento que algo he aprendido… Que si algún efecto deben obrar los años en un espíritu sensato, es el de hacernos más compasivos. Que hay que producir más de lo que se gasta. Que hasta las cosas más espantosas –como Bogotá o el dolor mismo– encierran una magia cifrada. Que a la gente hay que verla de frente… como a nuestros iguales… sin bajar o subir la mirada. Que no hay gesto más dulce que el de un animal. Que detrás de todo gran idiota hay un gran adulador. Que nada amerita la ruindad de igualar las vilezas a veces concebidas por otros en tu honor. Que los Beatles tenían razón: “el amor que das… es igual al que recibes”. Que el destino favorece a quien se prepara para improvisar. Que no existen verdades ni mentiras absolutas. Y que por tanto la anterior aseveración tiene tanto de inobjetable como de discutible. Nada importante… ¡reflexiones vacías de mediana edad! Hablamos ­–el destino lo quiera– en 39 años.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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