Viejos cachacos

Por: Andrés Ospina. Escritor y realizador de radio/ @elblogotazo

Por ANDRÉS OSPINA

Ahí los veo. Lidiando con sus nueve décadas de recuerdos. Soportando la carga de tantas nostalgias aposadas en el espíritu. Caminando –unos vigorosos; otros cansinos– por entre andenes irregulares, que más parecen pruebas de obstáculos para acróbatas osados. Acantonados en haciendas, unicentros y bulevares. Invocando ‘glaxos’, ‘cachifos’, ‘pepitos’ y ‘piscos’. Intentando reconocer si algún rasgo de otrora prevalece en esta urbe con rostro y alma desfigurados a fuerza de desarraigos, retroexcavadoras, macetas, corrupciones y cinceles.

Ahí van. De mañana en mañana. De café en café. De onces en onces. De mediasnueves en mediasnueves. De chascarrillo en chascarrillo. De calambour en calambour. Entre anacrónicos ‘alas chinos’, ‘ah carachas’, ‘sumercesitos’ y discusiones que solo culminarán cuando el total de los contertulios emprenda la marcha definitiva hacia donde no hay aguardiente, chocolate santafereño, ‘whiskacho’, almojábana, garulla o colación alguna.

Ahí prevalecen. En sus cocinas. Perfumadas de comino, guascas, perejil, cilantro y laurel. En delantal, levantadora y pantuflas. En costurero. Jugando bridge. Esperando el tranvía. Empolvándose, vanidosas… Confeccionando brevas con arequipe, sorbete de curuba o mielmesabe. Degustando su changua o su five o’ clock tea del Yanuba. Con sus mesitas llenas de cristales, dedales, porcelanas y ungüentos mentolados que “ya ni venden”. Discutiendo todavía si fue Roa, la CÍA, Scotland Yard o un tal detective Pablo Emilio Potes quien asesinó al “doctor Gaitán”. Acotando que justo esa tarde ellos andaban en una pensión vecina, a dos cuadras, y que durante el toque de queda comieron sardinas.

Ahí persisten. Atrincherados en la San Fermín, La Castreña, el San Moritz, el Sorrento, La Puerta Falsa, el Café Pasaje o La Romana. Arrastrando sus ‘erres’. Armados de bastón, boina, gorra octagonal, sombrero –de los tiempos cuando el almacén Richard vendía por docenas–, buzo de rombos, sobretodo, a veces corbatín e impecable terno, o flux, que llaman. Con sus pelos encanecidos o sus cabezas relucientes de alopecia frontocoronaria… azote masculino desde que hay masculinidad.

Ahí sobreviven, mientras observan al contingente de amigos suyos desplomándose –por turnos y en seguidilla– rendidos ante los dictámenes de Cronos, al panteón. Ansiosos por que alguien les oiga las historias. No vaya a ser que en su ausencia no haya quién se las sepa. Recordando que “en ese edificio de la Décima quedaba mi oficina, de donde me pensioné en 1982”. Reconociendo como bogotano tan solo aquello comprendido entre San Diego y Las Cruces, porque el resto son arrabales. Extramuros. ¡Aún quedan de aquellos! Pocos. ¡Pero quedan!

Puesto que es mi deseo conseguirlo, intento figurarme qué será del mundo cuando cumpla cien. Dada la inconveniencia de aventurar vaticinios, me quedo con lo que exclamaran Simon & Garfunkel: “¡Qué terriblemente extraño tener setenta!”. Con esperanzas de vida en aumento, a esa cifra le sumo treinta, mientras voy preguntándome cómo lucirá nuestro entorno una vez aquello que conocimos de pequeños no esté o no se parezca a lo que fue. Cuando nada o casi nada de lo que ahora nos resulta importante –para entonces hecho anécdota o pieza de anticuario– lo sea. Cuando no nos queden ancestros a quiénes interrogar, y nosotros mismos acabemos por convertirnos en uno de aquellos viejos cachacos que hoy a la distancia contemplo. Y, así, abrumado con anticipación, aguardo por que la fecha llegue. En 61 años les cuento.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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