Cirugías, tal vez; esclavitud, nunca

Por: Mar Candela, ideóloga Feminismo Artesanal.

Por Mar Candela Castilla

El cosmetólogo Fredric Brandt era reconocido como el ‘Barón del bótox’. Era experto en colágenos, láseres y peelings. Sus pacientes, famosos y ricos, lo adoraban. Era famoso porque nunca remomendaba un tratamiento sin que él mismo lo hubiese probado primero. Era su propio conejillo de Indias y, al final de sus días, eso quedó en evidencia: su cara quedó convertida en una máscara macabra de belleza artificiosa. Parecía un extraterrestre. Brandt se quitó la vida en su mansión en el sur de Miami. Según la prensa, el cosmetólogo sucumbió a la depresión, abrumado por las señales inocultables de su propio deterioro.

Es una pena que estas cosas sucedan, que personas como Fredric Brandt no hayan podido amarse más allá del empaque y ver en su profesión una herramienta para lucir mejor y no para pretender detener lo inevitable. Nadie puede ganarle al curso natural de la vida ni detener el tiempo.

La ciencia nos permite disimular y, según cuánto dinero tengamos, atrasar un poco el paso de los años, pero aún no se ha logrado el secreto de la eterna juventud; en lo personal espero que eso no suceda jamás: no me parece lindo una persona anciana con cara de veinteañera. Nada más bello que llevar los   pasos de la vida con orgullo, que mirarse al espejo con los rasgos justos del camino.

A pesar de esto no soy enemiga de las cirugías plásticas o de los tratamientos estéticos. Creo que tienen su valor, su tiempo, su utilidad médica y no caigo en el facilismo de culparlos de esa carrera loca e inútil a la que nos hemos sometido para conseguir un ideal inhumano: la juventud eterna. Sólo las cuestiono cuando descargamos la responsabilidad de nuestra autoestima en ellas, porque estamos a un paso de repetir la historia del ‘Barón de botox’.

Diversos movimientos feministas han señalado cómo, a traves de las cirugías estéticas, nos han impuesto un molde en el que debemos encajar así no quepamos; un adoctrinamiento sutil que nos convenció de que la belleza es el secreto del éxito. Eso tiene unas consecuencias tristes: hemos visto, por ejemplo, cómo algunas madres llevan a sus hijas de diez años para que el láser desaparezca los vellos, cómo decenas de adolescentes ya tienen su ‘primer par de tetas nuevas’ antes de terminar el colegio. Es aterrador: ya no se trata de querer resaltar nuestro aspecto físico natural si no de rechazar el que tenemos. Es como si desde jovencitas nos quisieran enseñar a odiarnos.

Pero a pesar de todo eso creo que la cirugía plástica puede ser reivindicadora, empoderadora y liberadora. Todas las personas tenemos en nuestro interior un imaginario de nosotros y no hay nada condenable en ello. Somos libres para ser y dejar de ser las veces que lo decidamos. Las personas transgénero son muestra de ello: tienen todo el derecho de sanarse así mismas porque no hay cosa más difícil en la vida que mirar el cuerpo propio y no reconocerse en él. Pero no son las únicas: hay muchas personas para quienes los días serán mucho más amables si se miran al espejo con regocijo y no con resignación.

He sido criticada fuertemente porque como feminista no condeno las cirugías estéticas y porque sostengo que han cambiado positivamente la vida de muchas personas. Desde donde yo lo veo, lo que nos falta es una educación en valores y sano amor propio para que si algún dia recurrrimos a la cirugía, sepamos ponerle límites.

Tengo 36 años de edad y sé que habito el cuerpo de una mujer de 45: llevo 14 años de mi vida aprendiendo a aceptar esa realidad sin dañarme, pero antes de eso tuve todo tipo de desórdenes alimenticios y depresiones. Quizás por defensa propia reivindico mi derecho a ser fea, aprendí a amar la mujer que llevo dentro, esa que no tiene un corazón que late sino que vibra, esa que desde su infierno construye su propio paraíso. Aún así, no descartaría una cirugía que hiciera de mí algo más parecido a lo que yo siento que soy.

En mi vida he sido amada por varios hombres a quienes no les importaban mis complejos y se empeñaban en llamarme bella mientras yo soñaba con verme diferente. Al final aprendí a sonreír con todo lo que considero son mis defectos físicos, a defender a todas las mujeres que como yo sentimos que no podremos nunca llegar cumplir un estereotipo, aprendí a ser una fea amena, agraciada, sonriente, divertida, a no envidiar la belleza de nadie sino a resaltar lo mejor de mí. Cuando lo logré empecé a sentir que ‘lo que me falta de bonita, lo tengo de encantadora’.

He trabajado muy duro para llegar a ser la mujer que hoy soy, puedo amar mi cuerpo no porque sea perfecto sino porque soy conciente de que habitaré en él el resto de mi vida. Me amo por muchas razones, pero lo que más quiero de mí es la capacidad de verme más allá de mi aspecto físico. La felicidad es una construcción y lucharé por ella con o sin cirugías.

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