De muñecos y ‘dummies’

Por: Andrés Ospina, escritor.

Por ANDRÉS OSPINA

¿Conocen la fábula del Tiburón y La Muñeca? Si no es así, gustoso la relataré… Ocurrió un domingo, junio 14 de 2009, en Barranquilla. La protagonizó Willy de la Hoz, hombre tras el disfraz de mascota del Atlético Junior, un escualo de lona encargado de arengar a la afición currambera en contiendas del Metropolitano.

Aquella vez el predador marino en mención desfogó su cachondez cual conejo lujurioso por sobre el cuerpo de una colega suya, de género femenino y quizá menor de edad, famosa por sus trenzas y delantal, emblema humanoide y también de lona para Pastas La Muñeca. Expresado más vulgar –aunque también más entendiblemente– el pez se la ‘bluyineó’ en presencia del respetable. Y no conforme con semejante despliegue de ramplonería, restregó la bandera del Cúcuta Deportivo, rival de turno, por entre sus zonas castas. Para los incrédulos, el registro de la performance reposa en YouTube.

A propósito del recuerdo sobre tan sobrehumana modalidad de ayuntamiento –muestra de cuánto representan estas celebridades publicitarias para el sentir patrio– evoqué algunas entrañables. Pensé en el tigre de Suramericana y su voz, mérito del fallecido Jaime Olaya Terán. En su primo, el Teletigre que identificaba a un operador televisivo en los sesenta, al que confundían con Lleras Restrepo. En sus parientes… el león del Canal A o el de Ronda. El de Dalhom. Y en sus pares zoomorfos….

El glotón Hermano Gorjogo del tríplex Pizano, colombiano más mexicano del que se tiene noticia. El glamoroso cerdo Fred de tocinetas Yupi. El inolvidable Max Caimán, que tanta suerte trajo a nuestro combinado en la Copa Mundo 94. La extinta abejita Conavi, patrocinadora de instrumentos en Compre la orquesta. La sonriente ardillita de Concasa, acaso medicada con Prozac, semejante a la de cierto programa infantil de presupuesto limitado en los ochenta, llamado Caminito alegre. El también fenecido hipopótamo de Ciudad Limpia, a quien hoy tantos anhelan. El de Lonchis. El pollo enfermo de ictericia, estandarte de Cali-mío. El búho de Gegar. El leopardo Motitas. El oso de Menticol. El sir Johnathan Lowfat Pig de Zenú. O su consanguíneo, algo más adiposo, el de Chopinar.

Lo anterior en cuanto a creaturas con forma animal, porque la cosecha de vegetales no es despreciable. Está el granito de café de Águila Roja, quien según rememoro debutó en un comercial donde este acosaba a la entonces veinteañera Margarita Rosa de Francisco. O el Piñatín-calabaza de La Gran Piñata. En piezas… el icónico bolígrafo parlante de Kilométrico. ¿Y qué de aquellos que remedan humanos? El bávaro rollizo de Cerveza del Barril. La extensa familia Febor –símbolo de la explosión demográfica encarnada por don Febor, doña Febora y sus múltiples vástagos, los Feboritos–, el inmundísimo Américo (con rostro de Pokemón) de la copa continental 2001 y el horrendo Baloncito que improvisaron para un fallido mundial de 1986.

¿Otros más? El aleccionador Talcual, de El boletín del consumidor. El menos famoso Macancán, de campaña para seguridad industrial. El futurista robot de Corpavi. El rollizo fraile de Helados San Jerónimo. La virtuosa ancianita de Sopas y Postres de la Abuela. Y con ellos un ejército de amigos a quienes invitaría a mi casa, cual si fuera locación de Toy Story, de tener sus números. ¿Habré olvidado alguno?

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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