Los ojos del borde norte

Por: Eduardo Arias, Escritor y periodista

Por Eduardo Arias

El norte de Bogotá está irreconocible. No ese “norte” elegante que ya es más centro que otra cosa. No. El norte-norte, el que de verdad queda al norte. Hasta hace no demasiados años ese norte profundo era una zona rural muy alejada de las actividades de la ciudad. Como consecuencia de la violencia de los años años cincuenta en esa extensa zona se formaron muy poco a poco algunos barrios populares que comenzaban como invasiones conformadas por casas hechas de manera apresurada con tablas y tela asfáltica. Al comienzo casi todos estaban alrededor de areneras y canteras que, al dejar de explotarse, se transformaron en barrios. Muy rápidamente llegaban las mejoras. Las tablas daban paso a muros de ladrillo al aire, más adelante el estuco y por último la pintura. Y casi siempre la posibilidad de construir un piso adicional gracias al sistema de echar plancha.

A partir de los años setenta y sobre todo los ochenta, el crecimiento fue mucho más rápido. Nombres como San Cristóbal Norte, Lijacá, Barrancas, El Codito, escritos en los avisos de buses y busetas, daban fe de ese pedazo de ciudad que crecía a espaldas de los planes maestros y las oficinas de planeación. Estos barrios, casi todos hechos a pulso por campesinos que llegaron a la ciudad, se apoderaron de una extensa zona y alcanzaron la Autopista. Durante al menos tres décadas sus casas de dos, a lo sumo tres pisos, dominaron el paisaje de ese sector de la localidad de Usaquén.

Pero en los últimos años a estos barrios han llegado nuevos inquilinos. Son ya decenas los edificios de apartamentos de entre 15 y 20 pisos mal contados que comparten el espacio con las casas hechas a pulso por maestros de obra y que han alterado de manera dramática su perfil.  Además, a la altura de la calle 158 con carrera Séptima se han construido varias torres de oficinas, una de las cuales está entre los edificios más altos de Bogotá.

La terraza de uno de los nuevos edificios del complejo clínico de la Fundación CardioInfantil es un lugar privilegiado para observar el profundo cambio del norte profundo de Bogotá. A 12 pisos de altura ofrece una mirada panorámica de la nueva realidad del norte-norte, donde estas enormes cajas de bocadillos se han acomodado al lado de casas de ladrillo a la vista con terrazas desnudas y techos de cinc. Casas populares que también son parte fundamental de la memoria arquitectónica y urbanística de Bogotá.

 

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

MÁS OPINIÓN AQUÍ

Contenido Patrocinado
Loading...
Revisa el siguiente artículo