Domingo-fobia

Por: Andrés Ospina, escritor.

Por ANDRÉS OSPINA

Imagino al infierno como un lugar donde todos los días es domingo. Me admito detractor de los domingos en todas sus múltiples e insufribles vertientes. Lo repito sin miramientos: ¡el domingo –que no es creación divina, sino humana– constituye una de las más grandes abominaciones concebidas por esta especie, tan capaz de perpetrar tantas y tan horrendísimas infamias!

Mi ‘antidominicalismo’ se remonta a años infantiles, cuando en 1980 cada domingo al expirar la tarde veía ascender desde la 53 a los decepcionados hinchas de esos magros Millonarios y Santa Fe de entonces. Luego se consolidó, ya en primero elemental. Al dar las 9:30 p.m. –agobiado por cierto insomnio del que padezco desde que la memoria me asiste– el ruido del televisor Toshiba de mi progenitora incrementaba mis tribulaciones.

Recuerdo cuán doloroso era oír en seguidilla la programación de las dos cadenas de Inravisión y pensar que al otro día era lunes. Emitían –bien lo puedo decir y en ese justo orden– Mash, Dinastía y Dallas. Gracias a tal parrilla televisiva –banda sonora de mi desvelo, combatido sin éxito con generosas cucharadas de jarabe somnífero de pasiflora– nunca me simpatizaron Alan Alda, J.R., o Alexis Carrington. Ya hacia las 11:00 p.m.   mi mente agobiada vislumbraba el pintarrajeado autobús del Gimnasio del Norte (“GimnAntro del Monte”, le decía) recogiéndome a las 6:30 a.m. ¡Dantesco!

Ignoro si será por mi provincialismo o porque uno deplora con mayor vehemencia aquello que encuentra más próximo, pero lo cierto es que –ya localmente hablando– los domingos bogotanos me parecen los peores entre aquellos muchos pares suyos foráneos y municipales que conozco. No es solo la perspectiva del nuevo e inminente recomenzar… El domingo Bogotá se alza como capital universal e indiscutible del tedio. Y no hay mercado de pulgas, ciclovía, peregrinaje a Monserrate, asado, ofrenda al Divino Niño, faena balompédica, ascenso a Patios, embriaguez a destiempo, salida “al norte”, endulzamiento de paseo, visita a cementerio o a familiares poco entrañables, brunch o enclaustramiento de Netflix, ESPN o Fox Sports que valga.

Por razones imprecisables, el domingo todo cuanto nos rodea experimenta muerte cerebral. Los bogotanos –tan poco nocturnos como poco dominicales– solemos someternos a voluntario encierro y enclaustramiento preventivo una vez el sábado culmina. Además –con esto aflora el miserable capitalista que me habita– un exagerado porcentaje del comercio cierra y a las calles las posee una pasmosa desolación que contrasta de manera triste con los atavíos de esos deportistas week-enders que expían desmanes adiposos, apuran energizantes y salpicones o despinchan en paraderos.

Y perdóneseme si ofendo a ‘domingófilos’ o fanáticos de Dominguísimo, Domingol, Domingo gigante, del Domingo bolero de Marco Aurelio Álvarez, del magnífico Cuento del domingo de RTI, de los Domingos de resurrección de Radioacktiva, del Séptimo día de Teodoro, de alguna escuela dominical, de las Lecturas Dominicales o de ‘cualesquier’ otra iniciativa de espíritu dominguero, incluido, desde luego, el azteca Siempre en domingo del ‘Carnal de las Estrellas’, como diría Molotov. Pero dudo que exista algo más insufrible que aquella sentencia periódica cernida por sobre toda la ciudad cuando el reloj del día siete da las cinco y la luz comienza a fugársenos para declarar la agonía de otra semana, ya exánime, entre nuestros brazos.

Domingo, abril 19 de 2015. 11:40 p.m.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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