Agonía de un breve marzo

Por: Andrés Ospina. Escritor y realizador de radio/ @elblogotazo

Por ANDRÉS OSPINA

Me pregunto quién decretó y cuándo se inició la agonía de este breve marzo. Debió ser algún tirano anónimo, mientras nuestra conciencia hibernaba, esperando a que el reloj se desperezara. Y el señor Cronos ahí, tan consagrado y puntual, en turnos ininterrumpidos y jornada perpetua. ¿A qué hora el sol de enero se hizo lluvia de abril y lo que era esperanza se nos fue tiñendo de tediosa certeza? ¿Cómo este cielo, tan colorido, se nos puso gris? ¿Por qué febrero se nos murió en los brazos sin que se le oyera la voz, ni aun cuando fuera para protestar? Hay meses y hasta siglos que en el recuerdo no llegan ni a segundos. La memoria, muy selectiva ella, y su manía de condensar.

¿Cuál fue ese instante en que el balance, otra vez, consistió en cuentas acumuladas? En consolidados trimestrales. En consulta de movimientos y minucias contables. En recibos que ya engalanan el refrigerador con la etiqueta rosa del segundo mes. En las notas del bimestre, si es que ello aún existe. En aquella meta mensual de ahorro, a estas alturas quebrantada. En ese director técnico que decepcionó y por cuya decapitación una mayoría de desmemoriados clama. En el dólar… que fue subiendo. En la década que ya va llegando a su irreversible mitad. En ese pariente que se nos fue, sin que todavía nos acostumbráramos a decirle a este 2015 por su nombre. En procesiones barriales de Semana Santa. En nosotros, esperando un cumpleaños, un aniversario más, un gesto de paz, un premio mayor, un ascenso, un chance, una noticia, una visita, una destitución, una rectificación, un fallo de la corte, unos “estudios no insuficientes” o una llamada. En un leve sismo, que vino a recordarnos cuán mortales somos y cuánto mal hacemos con tanto edificio por ahí tambaleando.

Entonces lo que era un año silencioso, al que todavía ni la voz le conocíamos, comienza a perfilarse. Y se vuelve un monstruo piadoso. De parrillas televisivas saturadas por largometrajes de corte judeocristiano. De abstinencias, de pescaderías, de menús especiales y visitas a monumentos, termales y balnearios de tierras calientes. Del empleo que perdimos en diciembre y que seguro íbamos a recuperar antes de mayo. De planes turísticos de Jueves Santo a San Andrés, Carmen de Apicalá o San Agustín. De peregrinajes a Buga, Chiquinquirá, Las Lajas o Monserrate. De visita a nuestros padres “que no viven aquí”. De abordar un Expreso Vomitariano. De acampar. De oportunidades para escapar, aun cuando sea por 72 horas. Del semestre que aplazamos. De ilusionarse con primas de ‘mitaca’. De los que comienzan a deshojar impacientes el almanaque, a la espera de que diciembre nos caiga encima, para devolverse al punto en donde esta comedia se inició, justo cuando asimilamos esa resaca de diciembre 31, que aún no se va.

¿Cuándo quiso el calendario acelerarnos su marcha y agilizarnos la preocupación de qué hacer con el tiempo? Preguntarnos si acaso vamos creyéndonos eternos. Si no sabemos que pronto será 2016 y nada de esto que hoy angustia habrá siquiera de esconderse en la trastienda de nuestros archivos, bajo la A de ‘anecdótico’. Y nosotros ahí, espectadores pasivos de un ciclo, que travieso nos danza por en frente.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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