Un clásico exquisito

Por: Eduardo Arias @Ariasvilla Escritor y periodista

Por Eduardo Arias

Bogotá, una ciudad que pasó de aldea a metrópoli en algunas pocas décadas del siglo XX, por obligación tiene un periodo clásico que tuvo lugar un par de siglos después que el de cualquier ciudad europea. El clasicismo bogotano coincidió con el auge de la arquitectura moderna. De ese periodo clásico (comprendido entre finales de los treinta y comienzos de los setenta) datan varias de sus mejores casas y edificios: los Violi, los Rother, los Salmona, los Martínez Sanabria, los Esguerra, Sáenz y Samper, los Bermúdez, los Obregón y Valenzuela, los Robledo, Drews y Castro…

Y ya que hablamos de Robledo, pues nada mejor que detenerse en una de las obras emblemáticas de este arquitecto oriundo de Manizales, de nombre de pila Arturo y quien, junto con Ricardo Velázquez, le dejaron a Bogotá una de sus más preciadas joyas arquitectónicas: el proyecto ‘Apartamentos Calle 26 para el Banco Central Hipotecario’. Un nombre frío y genérico para un proyecto muy destacado que se encuentra en el costado norte de la Avenida 26, entre la carrera 30 y la entrada del costado sur de la Universidad Nacional.

El conjunto de apartamentos se construyó en 1962 por encargo del Banco Central Hipotecario. En aquel entonces la ciudad comenzaba a crecer hacia el occidente. La Avenida 26 era una vía recién inaugurada que comunicaba a la ciudad con el entonces muy lejano aeropuerto El Dorado, que se había inaugurado tres años antes.

Estos edificios blancos que siempre han llamado la atención por estar dispuestos a lado y lado de un sendero-jardín que describe una suave curva. De cinco pisos de altura, sus cubiertas son a dos aguas con una suave inclinación. Son edificios austeros, racionales, incluso normalitos si se mirara a cada uno de ellos de manera individual. Pero el conjunto es de un gran valor por la manera en que los arquitectos dispusieron los edificios. Con respecto al lote, que es mucho más profundo que ancho, están dispuestos en diagonal, lo que permite que una parte de la fachada de cada edificio sobresalga con respecto a su vecino.

A los apartamentos se accede por el sendero-jardín central, y sobre las dos carreras los edificios cuentan con garajes cuyas puertas son rejas de hierro. Los edificios del costado occidental están dispuestos casi todos en una línea recta, salvo los tres que dan sobre la Avenida 26, que siguen una curva en dirección al oriente. Los del costado oriental, en cambio, además de estar en diagonal, siguen el trazado de dos arcos de diez y ocho edificios cada uno, y separados por una zona verde. De esta manera, la disposición de los edificios genera unas perspectivas muy ricas que permite que los edificios reciban luz proveniente de diversas direcciones.

Este conjunto tiene mucho carisma, mucho ángel. Uno pasa y pasa por ahí y jamás se cansa de mirarlo, de asomarse por encima de la reja y tratar de mirar la zona verde. Es de esos edificios que uno mira y piensa: “Algún día me gustaría poder vivir ahí”. En síntesis, un clásico exquisito de la arquitectura bogotana.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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