Viejo y querido aeropuerto

Por: Eduardo Arias @Ariasvilla Escritor y periodista

Por EDUARDO ARIAS

No nos digamos mentiras. El viejo edificio del aeropuerto internacional El Dorado, que diseñó y construyó la firma Cuéllar, Serrano y Gómez entre 1955 y 1959, estaba diseñado para recibir –exagero por decir cualquier cosa– dos Super Constellation, cinco DC-4 y ocho DC-3 al día. Uno de los grandes orgullos de quienes éramos niños en los años sesenta y setenta era ese edificio de cemento, uno de los principales emblemas de nuestra ciudad junto con Monserrate, el Museo del Oro, la estatua de La Rebeca, los almacenes Sears y el restaurante típico Casa Vieja.

Luego llegaron los jets Boeing 707, los DC-8, los 720, los 727, hasta el VC-10 de BOAC, cada vez más y más aviones y más aerolíneas… Muy lejanos parecen hoy esos tiempos en que la gente recibía y despedía a los pasajerosdesde la escalerilla misma de acceso al avión. En los sesenta el plan era subir a las terrazas de los muelles nacional e internacional para mirar aviones, para saludar y gritarles a sus parientes y amigos desde el momento mismo en que asomaban la cabeza por la puerta de la aeronave. Luego, tras los secuestros de cuatro aeronaves en septiembre de 1970 por comandos palestinos y los ataques con bazucas a aviones en plataforma en aeropuertos europeos, estas terrazas desaparecieron de los aeropuertos del mundo y El Dorado no fue la excepción.

La terminal se convirtió en un edificio cerrado, de puertas para adentro, ajeno a los aviones. A ese edificio, que vio aterrizar un par de veces el Concorde, le tocó afrontar la llegada de los jumbos 747, así como del DC-10 y del Lockheed 1011 TriStar. En los años posteriores le hicieron cuanta reforma cabe imaginar para hacer más llevadero el trajín de una ciudad que pedía a gritos una terminal más amplia y funcional. Hasta le pusieron una fachada con vidrios ahumados para hacerla ver más moderna.

Con el proyecto de la nueva terminal nunca quedó claro qué debía hacerse con el edificio. Ya van varios años de debates acerca de su demolición. Que presenta fallas estructurales, han argumentado quienes sugieren demolerlo. Lo defienden los arquitectos, que lo consideran un edificio emblemático del movimiento moderno, y que debería utilizarse como museo o centro comercial.

Hoy, lo confieso, al caminar por los pasillos que llevan a las puertas de salida del muelle nacional me da una tristeza infinita verlo agonizar de esa manera, en medio de escombros y tanta maquinaria. Ya no sé cómo mirarlo. Parece estar fuera de lugar, como una muela cariada en medio de la frívola y sonriente modernidad metálica de la nueva terminal. Pero el viejo y cansado edificio también pareciera acusarnos a los bogotanos por ser tan indolentes con el patrimonio arquitectónico de la ciudad y con nuestro propio pasado.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.
 

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