Recuerdo de mis vacaciones

Por: Adolfo Zableh Durán/ @azableh

Por Adolfo Zableh Durán

En vacaciones todo el mundo mandó fotos de lo que estaba haciendo, como si importara. Las colgaron en Facebook, Twitter o Instagram, incluso en las tres porque ahora todo está sincronizado y lo que ocurre en una red social repercute en otra.
 
Hay mucho de pobre en registrar en redes sociales todo lo que se hace. Pobreza de espíritu, quiero decir. Mucho de pobre y algo de inmadurez, necesidad de reconocimiento y de cariño. Y es natural, muchos estamos en las mismas y casi todos lo hemos hecho para generar envidia, ver los comentarios y contar los likes.
 
Sin embargo hay quien abusa y registra todo en vacaciones, desde el desayuno hasta la fiesta de madrugada, pasando por la llegada al aeropuerto, el paseo en lancha, el almuerzo, la siesta y el atardecer, que nunca falta. Si a alguien no le alcanza con estar pasándola bien sino que tiene que reafirmarlo subiendo fotos a internet, algo anda mal. Y no solo pasa en las vacaciones, yo he visto gente tomarse selfies en el hospital, con catéter y máscara de oxígeno, y hasta retratar el certificado electoral para contarle al mundo que votó.
 
De tanto compartir nuestra vida hemos terminado por creernos famosos, relevantes. Ahora montamos fotos todo el día como si fuéramos las Kardashian y deseamos un año nuevo lleno de felicidad, como si fuéramos el papa. Y encima lo hacemos con un palito que registra mejor la imagen, pero que al mismo tiempo nos hace ver más idiotas. De hecho, investiga uno un poco y descubre que el palito de la selfie fue reseñado en un libro de inventos inútiles editado en Japón hace casi 20 años.
 
Pues yo no me quise quedar atrás y por eso les comparto una foto de mis vacaciones. Fue la semana pasada y lo que ve atrás es la zona de Pozos Colorados, antes de llegar a Santa Marta, con su respectivo mar, que solía ser bello pero ahora está contaminado por el carbón. Una tarde subimos a pie a la montaña que teníamos al frente para ver el atardecer y esto fue lo que salió. Éramos cuatro y no tomamos ninguna selfie sino que lo hicimos a la vieja usanza: uno tomaba la foto mientras los otros tres posaban, luego nos íbamos rotando. Es un proceso más lento pero al menos se mantiene la dignidad. Fue un buen plan eso de subir la montaña; tan bueno que habría sido mejor no compartir el momento porque hay cosas que valen más si se guardan para sí.
 
Vean la foto ahora que ya volvieron al trabajo, y recuerden los días, cercanos en el calendario pero lejanos en el recuerdo, en que fueron felices. Bella postal. El palito de la selfie se los debo para la próxima.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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