¡Vade… mécum!

Por: Andrés Ospina. Escritor y realizador de radio/ @elblogotazo

Por Andrés Ospina

Aquel infeliz gripiento desfilaba su peste por la botica, hasta el mostrador, en pos de algún paliativo. Luego se anunciaba ante el droguero, con un sonoro y húmedo estornudo. La muchedumbre de teguas y clientes circunvecinos –todos ya salpicados de sus emanaciones nasales y fraternizados por el asco– lo acometía con consejos. “Tome un analgésico”. “Un antipirético”. “Un antihistamínico”. Otro, más resabiado, terciaba… “Mejor tome Dristán… que reúne los tres medicamentos”.

Esta secuencia –extractada de cierta publicidad para dicho antigripal (cuando la pseudoefedrina era legal)– fue quizás el primero de mis contactos con el universo de la automedicación inofensiva, temática alrededor de la que anduve reflexionando, a propósito de los hectolitros de Menticol y repelente que sobre esta pobre humanidad vacié durante mi más reciente excursión decembrina. Todo para atenuar los embates de la resolana tropical y del infaltable enjambre de insectos hematófagos que con sus alas abiertas reciben puntuales a quienes les visitamos desde la altiplanicie.

Mi mente divaga –cual recetario– hacia una infancia envuelta en costras de Caladryl. No del posmoderno e invisible Clear, sino del pastoso y rosado. Todo por cuenta de una alergia incurable a picaduras de pulgas y zancudos.

Si me resfriaba, solían administrarme Asawin, Desenfriolito, Rhonalito –versión junior de un más adulto Rhonal– y Gripinonetas, saborizadas a cereza. Para padecimientos bucofaríngeos, Noraverd, aún sin la ‘d’ suprimida de hogaño, o Hydrocets. Para insomnios, Passiflorine. Para disfonías, Euphonol. “Componte, niña, componte. Que ahí viene tu Dristancito. Con todos sus componentes que te alivian rapidito”, rezaba el cántico, bastante ridículo, correspondiente a la línea infantil del mencionado Dristán.

Los ‘grandes’ contrarrestaban cefaleas con Focus –analgésico simbolizado por una cabeza verdosa de rasgos robotizados– y afecciones broncorrespiratorias con Contact-C, famoso por sus “cientos de ‘granulitos’”. Para la resaca… Necrotón. Para dolores…. ¡Mejor! ¡Mejora! ¡Mejoral!… “calmante que ya comprobó su bondad”, según rumoraban empleado por deportistas aficionados como doping, diluido en bebidas colas. Y su vástago… el Mejoralito. Para paseos… Mareol, nombre comercial al que siempre encontré contraproducente, pues equivaldría en despropósito a bautizar a un anticonceptivo Preñol. De pensarlo me entraban náuseas anticipadas. Su gusto amargo era y sigue siendo insufrible.

Nuestra ‘oralidad’ fue de Pepsodent, Pruf, Mentadent-P, con citrato de zinc, y del entonces milagroso MFP de Colgate, cuyas propiedades –a juzgar por sus descontinuadas menciones comerciales– parecen haber sido desmentidas con el tiempo. La profilaxis no era cosa de Today ni de M-Force, sino –y si acaso– de Rosetex y Tahití. Hicimos gargarismos de Cepacol. Antes de Listerines –en tiempos preapertura– las halitosis eran solventadas con Astringosol. Las deficiencias nutricionales, con Sustagenes, Minevitames y Fosfogenes. Las glicémicas, con Hermesetas. Las estomacales, con Efresales. Las bucales, con violeta de genciana y mercurio cromo. Las depresivas, con aguardiente… que también prescribían y expendían.

¿Nostálgicos? Por fortuna hay cosas que –obstinadas– se resisten a partir. Y el dolor no dejará de temerle a Dolorán. Si lo dudan, visiten la droguería Rosas o la farmacia Santa Rita… donde el tiempo se congela entre Tricóferos de Barry, nueces vómicas, aguas floridas de Murray & Lanman, jabones de Reuter, sales de Epsom, pomadas verdes, productos Merey, calzas Pelgor, mentolados Escovar y demás lavandas y ungüentos que evocan alquimias pretéritas e infalibles. ¡Hasta el martes siguiente!

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

Contenido Patrocinado
Loading...
Revisa el siguiente artículo