Bala perdida

Por: Nicolás Samper/ @udsnoexisten

Por Publimetro Colombia

Estar sentado en la entrada de la casa departiendo y de pronto quedar envuelto entre el dolor y un charco de sangre. ¿De qué tamaño debe ser la imbecilidad de un ser humano que supone que disparar un arma hacia ningún objetivo, no termina encontrando uno?

Y esta vez al que le tocó esa maldita ruleta rusa –mejor usado el término, imposible– fue a Hamir Carabalí. Para quienes nunca lo vieron jugar, Hamir era un defensa central tosco, que iba siempre al bulto, incapaz de dejar a su adversario sin al menos una herida de guerra, pero de buen corazón. Su carrera siempre estuvo opacada por tipos más talentosos, pero él se las arregló muy bien y sobrevivió a esos grandes cargamentos de zagueros centrales argentinos o uruguayos que poblaban las nóminas de los equipos de fútbol en los años ochenta.

Carabalí anduvo por muchos lados y con colegas de zaga dignos de ponerse un buen par de canilleras antes de recordarlos: por Millonarios, con Prince, con el ‘Huevo’ Gil y en sus estertores azules con Ariel Cuffaro Russo; por Santa Fe, al lado de Manuel Rincón o de Oswaldo Coloccini; por el Once Phillips con Oswaldo Santoya; en el Real Cartagena con Alex De Alba, un excelso peinador de tobillos; en el Unión Magdalena jugó junto al querible y rústico Orlando ‘Caricias’ Rojas; en el Huila con Ceferino Peña; en Pereira con Rubén Darío ‘el Soldadito’ Bedoya y en Quindío con el rosarino Juan Eugenio Muriel –un defensa muy fino para jugar que también estuvo por Tolima– y con Jorge Bermúdez papá, el mismo que le mamó gallo cuando lo mandó envuelto en inocencia al pobre Hamir a decirle a la azafata que le vendiera cinco Coca-Colas.

Defensa de los de antes, de preparar bien su marca antes de cada juego, de afinar duro a los adversarios con golpes certeros, amante de la ‘falta táctica’ y del sonido que hacen las costuras de las camisetas cuando se rompen. En los previos de los encuentros el hombre preparaba sus propios trucos de quiromancia porque era muy hábil con las manos: él podía adivinar, apenas asomaba la cabeza por el túnel antes de entrar a la cancha, cuál sería el delantero rival que iba a llegar llorando hacia la cara del árbitro para acusarlo, al buen Carabalí, de llenarle las cuencas oculares de Vick VapoRub en la disputa de un córner.

Un tipo honesto, un trabajador bueno del fútbol que alguna vez le confesó a Hernán Peláez en el agradable ciclo del Café Caracol que jugando para Santa Fe intentaron sobornarlo. Los que lo tentaron le llevaron una bolsa con 15.000.000 de pesos. Decía Carabalí que eran emisarios de Millonarios buscando que él no se esforzara mucho en un clásico. Hamir les contestó: “No vendo a mi gente”.

Hoy Carabalí está en la clínica por culpa de una bala perdida que le comprometió un ojo. Desde esta tribuna le hacemos fuerza para que se recupere y a las autoridades, para ver si son capaces de capturar al responsable de esta historia de dolor.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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