A un diciembre que muere

Por: Andrés Ospina. Escritor y realizador de radio/ @elblogotazo

Por Andrés Ospina

Trepado –contrario a mis hábitos anuales– en el tren de desertores decembrinos que por estas fechas abandonan Bogotá a la caza de algún balneario, resort, condominio o tiempo compartido, contemplo desde las inmensidades quindianas la agonía de un 2014, ya jadeante.

Pienso en quienes cultivan el hábito de irse a temperar tan pronto míster Santa Claus escala el ducto, de vuelta a su trineo, hastiado de recorrer el planeta, de colmar con obsequios los hogares de aquellos que pueden pagárselos, de lucir su sonrisa forzada en polaroids de centro comercial y de proclamar su fingido “jo, jo, jo”.

Gracias a estos viajeros que sacrificados toman carreteras, como si extrañaran los embotellamientos capitalinos –justo es reconocerlo– la ciudad muta del hacinamiento navideño a la reconfortante desolación de enero. Somos demasiados. Y los bogotanos… forniquen que forniquen; invadan que invadan; superpueblen que superpueblen y depreden que depreden… en ceñida obediencia al imperativo biológico-bíblico de crecer y reproducirnos. Lo dijo Borges: “Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres”. Y Vallejo lo secunda: “Raza tarada, que tienes alma de periferia”.

Misantropías aparte, lo cierto es que al finalizar diciembre y comenzar enero nuestro cielo luce algo menos infecto y las calles expeditas. Hasta esa minoría de antipáticos taxistas, tan esquivos, cambian el clásico “¿pa’ dónde va mano?” por un hospitalario “¡donde diga!”. Y sonreímos, cual si el Altísimo hubiera hecho llover Prozac desde los cielos. O como si una suerte de encantamiento transitorio nos librara de tanta hostilidad.

Hay hábitos que son tradición, tras la resaca y los abrazos lacrimógenos de medianoche, cuando es 31, por más que Antanas declarara cesantes a los añosviejos ya hace mucho. Regresar las réplicas a mala escala de aquel espacio en donde tuvo lugar el alumbramiento del redentor a las cajas del desván. Allí habrán de reposar por 365 días con sus noches, hasta el próximo octubre. Almacenar nuestro árbol de poliéster en el depósito. Practicar el deporte nacional –ya institucionalizado por la intelectualidad colombiana en pleno– consistente en desperdiciar energías defenestrando de la nueva película de Dago.

También devorar la docena de uvas, cual Catalina Sandino en María… llena eres de gracia. Soñar con que a la vuelta de otro ciclo habremos de alzarnos victoriosos como beneficiarios del Sorteo Extraordinario de Navidad. Azotar las chancletas –suma abominación estética del mundo del calzado– a orillas de la piscina, en muchos casos rebosante de hongos e infecciones melgaruno-girardoteñas. Suscribir promesas efímeras en relación con alcoholismos, tabaquismos y demás ‘ismos’ y adicciones. Jurar ante la vista lamentable del tejido adiposo generado por la copiosa ingesta de mantecas y farináceas en nuestra humanidad, que a fuerza de disciplina lo desvaneceremos. Lamentar la circularidad de cuanto existe y ver que hasta los nuevos años se marchitan.

“Me perdonan que me vaya de la fiesta”. “Un año que viene y otro que se va”. Todo me recuerda al Añonuevo Guarín que caracterizara Germán Escallón en Oro y al Juan Navidad de Missi. Me alisto para barrer el confeti. Todo primero de enero es un domingo superlativo… aun cuando no sea domingo. Ni periódicos distribuyen. La gente necesita estrenar almanaque, para justificar la falsa sensación de que todo comienza otra vez.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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