Bogotá… un plato

Por: Andrés Ospina. Escritor y realizador de radio/ @elblogotazo

Por Andrés Ospina

Alguna vez oí al bueno de Gonzalo Valderrama –humorista de quilates y pionero del stand-up comedy bogotano– lanzar su diatriba alrededor del significado que en ciertas tierras hispanohablantes conferimos a la expresión “es un plato”.

Hasta hace poco, mi provincialismo me hizo suponer que la frase era local. Hoy –redimido de semejante ingenuidad por cuenta del señor Google Chrome, siempre tan sabihondo, pues la RAE la clasifica como uruguayismo o argentinismo– insisto en que, más allá de su origen indeterminado, el español bogotano confiere ciertos dejos gastronómicos al término.

Defiendo mi argumentación con ejemplos. Un cachaco pretencioso “se las da de mucho café con leche”, rezago de cuando consumirlo demostraba status, en el país de la ‘agüepanela’. Si se trata de hortalizas, variedades frutales y demás condumios vegetales, estamos los ‘zanahorios’, esos que por convicción, temor o mojigatería hacemos de la abstinencia o el ‘nerdismo’ una consigna. Los seres de mirada que doblega tienen, eso dicen, “más ojos que una piña”, símil de gusto dudoso. Existen ‘aguacates’… vocablo en desuso con el que otrora nos referíamos a los miembros de la Policía Metropolitana. Otros denominan al acto de regurgitar, ‘garbancear’.

En cuestiones de repostería contamos con buñuelos (inexpertos y novatos); roscones y areperas (remoquetes discriminatorios para aludir a los respetables miembros de la comunidad LGBTI, a los que cito a título puramente ilustrativo); churros (distintos de la golosina farinácea y azucarada que en ciertas esquinas expenden, culpable de innumerables casos de acné y aumentos desmesurados de masa adiposa entre las gentes); ‘voltiarepas’ (traidores mercenarios y discípulos de Judas Iscariote); galletas, bizcochos, bocadillos (mofa a quien combina mal sus prendas); panelas (para teléfonos móviles aparatosos); ‘engalletados’ y otros más. Si una situación se enmaraña en demasía es porque “se vuelve una melcocha”. Si obramos con descaro ‘tenemos huevo’.

Sin el ánimo de traicionar a quienes –como yo– profesan el vegetarianismo, injusto sería desconocer la existencia de bagres (en referencia a aquellos cuya estética ha resultado afrentada por la naturaleza); churrascos (los que de espaldas lucen guapos y de frente producen asco), changüitas (individuos díscolos, de comportamiento censurable); de sardinos y sardinas (de ramplonería equiparable a la de los chicharrones y sancochos… entramados complejos de difícil resolución).

Si alguien agraciado aparece o la cuenta posterior al festín escandaliza, no faltará quien lance un ordinario “¿quién pidió pollo?”. Si otro solicita imposibles, siempre habrá el que le ofrezca su “limonadita de mango”. Y si otro más desea exteriorizar su evidente cachondez, no dudará en lanzar un ordinario “este huevito quiere sal”. Aquel cachaco de piel blancuzca –por cuenta de sus infrecuentes exposiciones al sol– verá a su humanidad, por defecto, equiparada a “una cuajada”. El que crece de manera forzosa o prematura será un “madurado biche”, así como ese a quien las dudas asaltan, no vacilará en embestirnos con el también aborrecible… “¿Cómo es el maní?”.

Como lo insinúan las anteriores líneas, que ya se me extinguen y parafraseando al gran Mauricio Silva, quien apeló tiempo atrás a tal figura para bautizar su columna sobre sibaritismo– Bogotá, en efecto, “es un plato”. Finalizo, pues, con una invitación a quienes quieran ampliar el menú mediante la inclusión de algunos condumios más. Hasta el martes siguiente.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

 

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