Tiendas

Por: Andrés Ospina, escritor y realizador de radio/ @elblogotazo.

Por Publimetro Colombia

Son al bogotano lo que las tascas al madrileño, las trattorias al romano, los pubs al dublinés, los bares al neoyorquino, los cafés al bonaerense o las cantinas al chilango. Posmodernos templos y epicentros de barriada a donde confluyen todos los matices de nuestra sociedad en sus muy contrastantes variables… humanas e inhumanas, cronológicas o económicas: la doméstica y el ejecutivo. El vigilante, la matrona y su nieto. El carterista y el señor agente. El desempleado. Los prófugos de las ‘jaulas escolares’. El alcohólico de la cuadra.

Nuestras tiendas –modernas derivaciones de las antiguas chicherías y sucesoras de los casi extintos cafés bohemios– tienen en El Ventorrillo un representante temprano de aquellos espacios que a la vez servían como graneros, abrevaderos y ‘dialogaderos’. Aún hoy –en el 3-17 de la calle 10 (o De La Fatiga)– le sobrevive un mural publicitario. “Expendio de granos. Precio de plaza”, dice.
Dentro de estas se comparten –cual bizcochuelos de paz– roscones, maní y liberales. También la ronda número 15 de cerveza con Tostacos, previo registro en la minuta de contabilidad del tendero sobre la columna de acreencias, a nombre de don Urías Albarracín, maestro de obra con cuenta abierta.

Contemplemos la mercancía exhibida. Comestibles, artículos para higiene personal y objetos anodinos. Colombinas, cocadas, tamarindos azucarados, croissants, liberales, panelas de leche, empanadas, golosinas, habas, licores, refrescos, mantecados, verduras, embutidos, arepas, productos Ramo, analgésicos, golosinas nacionales, o importadas y energizantes. Los dependientes –hospitalarios– siempre nos llamarán ‘vecino’, aunque no lo seamos. Todo comerciante profesional conoce a sus clientes regulares por apellido y nombre.

¿Recuerdan la tienda de don Joaco, en Don Chinche? Gracias a este santandereano refunfuñón nunca alguien en el barrio se durmió con hambre. Les fiaba a todos. Y nunca vi que alguien le pagara. Microeconomía de la caridad. Beodez subsidiada.

Algunas padecen vicios eurocentristas del colombiano arquetípico y se autobautizan con rótulos ibéricos. Cigarrería Navarra, Castilla o Toledo, por ejemplo. En otras suele haber –mediante pegatinas o afiches– alusiones a una férrea política crediticia. “Hoy no fío. Mañana sí”. “Fiar es cosa ingrata. Se pierde el amigo, se pierde la plata”. “Mil risitas para fiar, mil madrazos para pagar”. “Solicite su crédito, que nosotros con gusto se lo negamos”. “El que fía no está”. O el clásico y aleccionador contraste de “Yo vendí a crédito / Yo vendí al contado”.

La ornamentación y los servicios son heterogéneos. Sillas Rimax, proporcionadas por cerveceras o productoras de bebidas gaseosas. Un recipiente rebosante de ají encebollado en agua sabor cilantro y cuchara plástica sobre las mesas. Palillos gratuitos. Expendio de minutos telefónicos. Almuerzo casero. Rockola digital o –mejor todavía– análoga. Con suerte sonará algo más que vallenatos. Panadería, estanquillo, barra y miscelánea. ‘Servicio’ de baño a 500. Precios halagüeños, aptos para el laborioso y el desempleado. Domicilios sin recargo. Café de greca. Ron, brandy y aguardiente por cuartos.

En consonancia con la insensibilidad propia de estos años, locales como Oxxo o los Éxitos Express –hijos de una globalización depredadora– pretenden exterminar tan entrañables reductos, aún vigentes, de lo que otrora fuera vida de vecindario, por más que muchos capitalinos leales sigan prefiriéndolos. Bueno sería no dejarlos perecer. Hasta el martes próximo.

Por: Andrés Ospina, escritor y realizador de radio/ @elblogotazo.

Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.

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