Para Antonio José Caballero

Por Nicolás Samper C. /Periodista @udsnoexisten

Por Publimetro Colombia

Vieras lo jartas que se han vuelto las sobremesas, Caballero.

No sabes. La última que tuvimos -y donde no hablamos de fútbol, ni de política, ni del prójimo- fue el jueves pasado: hablamos de la vida y de su fragilidad. Y es de caballeros, mi querido Caballero, decirte que pensaba que esas charlas serían infinitas, pero no: ahora me quedé almorzando solo.

Me acuerdo el día que nos dio por hablar, después de almorzar, de los ídolos de la niñez. Y esa tarde me contaste que para ti no había nadie más grande en la infancia que Carlitos “el Indio” Montaño, el arquero de ese América que era “mechita” y que volvió a serlo en estos tiempos. Me decías que Montaño era asombroso porque el América en esos años apenas podía sostener su propia estantería vacía de gloria y de títulos, pero recargada de sufrimiento. Y él, con su saco de rombos, se lanzaba por los aires deteniendo balones que eran imposibles de atajar. Yo nunca vi a Montaño, ¿pero cómo no creerte?

O esa vez que recordabas la final de Sudáfrica 2010, cuando, recién terminado España-Holanda, hiciste la tuya: tomaste el camino contrario al resto y terminaste en un corredor desconocido donde te topaste de frente con un solitario Iker Casillas que recién estaba asimilando lo que significaba ser el capitán de una selección campeona del mundo. Y ahí, a mansalva, le sacaste una de las primeras declaraciones que se conoció de él en el mundo.

Ni hablar de la mañana en la que llevabas puesto un reloj de oro que tenía en la pantalla a “Ciao” la extraña mascota de Italia 90. “¿De dónde carajo sacaste esa vaina?” te pregunté. Te trasladaste al Mundial italiano y al día que te dio por ir a ver cómo era que concentraban los muchachos de Emiratos Árabes, primer rival de Colombia en el torneo. Un jeque muy amable te atendió, te mostró las instalaciones y te presentó a todos esos futbolistas de nombre irrepetible. Al finalizar tu correría el jeque agradeció mucho que estuvieras allí, interesado por conocerlos y te obsequió esa joya de reloj, tan extraño pero tan valioso en recuerdos y anécdotas.

Cuando te sentiste mal el lunes y te propuse que te llevaba a la clínica en mi carro, dijiste que mejor no. Que mejor te quedabas descansando un rato en la casa. Te entró una llamada, no sé de quién e inventaste que estabas al aire, en la radio, y colgaste. Igual a esa vez que no tengo idea quién te llamó mientras almorzábamos y dijiste que estabas en Cuba para que no te jodieran la vida. “Eres un viejo mañoso”, te reproché con cariño y te cagaste de risa. Y me respondiste que te daba alegría ser amigo mío por lo tanto que te hacía reír.

Por esa última frase que me lanzaste y que está incrustada en mi cabeza te voy a hacer un amable reclamo de amigo: desde el martes me has hecho llorar mucho.
 

Por: Nicolás Samper C. Periodista @udsnoexisten

Contenido Patrocinado
Loading...
Revisa el siguiente artículo