Viñeta de noche

Por: Andrés Ospina, escritor y realizador de radio/ @elblogotazo.

Por Publimetro Colombia

“Bogotá, altiva e indolente, reclina la cabeza suavemente en la empinada y tosca cordillera… y en la sombra propicia y oportuna, un rayo tembloroso de la luna envuelve en lumbre la ciudad entera”.

Así. Sin que le sobre o falte una sílaba, el viejo Víctor Mallarino dibujó con su espléndida voz la sintomatología diaria experimentada por nuestra ciudad una vez las tinieblas reclaman su dominio transitorio —cada 12 horas— por sobre todo cuanto existe. ¡Inapelable disposición cósmica!

Esta ciudad padece una transitoria muerte cerebral cuando el día eclipsa y los torrentes de vehículos —en mecánico y pesado trasegar— van desvaneciéndose. Ríos de estudiantes y proletarios se fugan del frío en autobuses.

Nuestra vida nocturna es clandestina e ilícita. Los restaurantes cierran a las diez. Los bares duermen temprano. ¡Qué falso cosmopolitismo! Las familias se repliegan. El superpoblado centro va quedándose sin amigos. Lo que antes era hacinamiento se hace desolación. Esta capital —minutos atrás convulsa e inabarcable— deja que el vacío le crezca de a pocos.

El caballero de la noche destila su perfume adormecedor por Quinta Camacho y Teusaquillo. Pocos quieren caminar. La octogenaria y solitaria dama rezonga en su tálamo, arrullada por los altoparlantes de un televisor.

Quienes habitan las calles improvisan fogatas e inhalan pegamentos para contrarrestar el relente que desciende desde Cruz Verde, metiéndose por las hendijas de residencias y casetas de vigilante. Estos —a su propia vez— combaten a Morfeo e Hipnos armados de ruana, agua de panela, café y tesón. Droguistas reparten domicilios. El Bodytech funciona siempre (o eso dicen).

Perros husmean en busca de basura. Gatos lamen latas. Roedores espulgan botes de desechos. Meretrices visten falsos terciopelos, en disciplinado cumplimiento de su función social. Piernas transgénero descubiertas son prueba física de que la hipotermia es controlable. Taconean por las avenidas, a la caza de alguna bestia humana ansiosa por saciar sus ímpetus libidinosos. Un proxeneta las mantiene vivas, mediante artificios químicos. La Candelaria se torna villa fantasma. El espíritu con cara de perro acecha a quienes transitan sus callejuelas en piedra.

Taxistas cobran en proporción a su cansancio. Insomnes apuran infusiones de pasiflorina, valeriana, melatonina o zolpidem. Alquiladores de amor por horas circundan una piscina en la que nadie nada. ¡Chicas! ¡Chicas! ¡Chicas! Los angustiados se desvelan.

Se venden alimentos de madrugada. Beodos sedientos claman por un Correo de la Noche. Ludópatas apuestan. Cronistas rojos de tabloide visitan anfiteatros, morgues, inspecciones policiales y salas de urgencias en pos de un cadáver qué ruñir. Serenateros aguardan por un despechado a quién socorrer. La perdición merodea Santa Fe. En el Cementerio Central silban espíritus.

Estudiantes apuran cafés, energizantes y sustancias de circulación clandestina para no sucumbir y así terminar ese trabajo que prefirieron cerrar en vísperas de la entrega. El segundero es su declarado enemigo. De golpe la luz va retornando, sutil. El cielo adopta color de madrugada. Se tiñe de azul cobalto y cae —cual condena anticipada— por sobre toda la urbe. El horno arde. Dentro se cuece el pan de hoy. Ya es de mañana. El ciclo invariable se inicia otra vez, tan solo para dar espera a aquellas nuevas tinieblas que vendrán, por un rato más, a gobernarnos de nuevo. ¡Buenos días!

Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.

Por: Andrés Ospina, escritor y realizador de radio/ @elblogotazo.

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