Innovando ¡todos juntos, ya!

Por: Pablo Arrieta, @xpectro

Por Publimetro Colombia

Dice Ricardo Soca que “de la idea de caminar juntos hacia un punto de reunión, surgió la palabra congreso”. Así que en el último que estuve hablé sobre cómo la innovación en nuestras tierras si bien existe con Luis von Ahn (creador de Captcha y Duolingo), Andrés Barreto (con Grooveshark y OnSwipe) o los disruptores de Tappsi, también ocurre a diario en nuestras calles, con gente común y su apropiación de la tecnología, que hace de manera contextualizada a sus realidades sociales y económicas (diferente de las corporaciones que dan normas para continentes enteros sin entender –o respetar– sus particularidades).

Innova Greybin, escolar panameño, quien transmite por YouTube desde computadores regalados por el Gobierno (corriendo en Linux). O los humoristas ecuatorianos de EnchufeTV, que con humor e impecable producción ya tienen cuatro millones de suscriptores repartidos por el mundo y pueden vivir de lo que hacen. También los creadores latinos que ponen su obra en Netflix. Estados Unidos está siendo “colonizado” por un ajiaco a la vez (con videos que explican su preparación, hechos por amas de casa latinas). Todo eso ocurre porque internet no es TV y la neutralidad web permite que todos accedamos a consumir o publicar de manera libre.

Son innovadores Weil y Rayma, caricaturistas venezolanos que usan Twitter para ampliar las fronteras de su obra, mientras la industria editorial sufre pérdidas por negarse a vender en digital o, más irónico, incluso en papel. Pero creadores como Liniers, el dibujante argentino, usan todo el poder de la edición en papel a la vez que exploran las redes digitales para crear puentes con su público compartiendo su obra, su visión del mundo y dejando que, quienes gusten, conozcan más y estrechen el vínculo;  446.000 seguidores en Facebook son un tesoro más útil, a diario, que el puente pabellon de Zaha Hadid, pues cada uno de ellos es un posible promotor de su obra

@xiskya innova cuando nos muestra la obra de Dios en sus fotos, desde donde esté peregrinando; una monja acorde a estos tiempos en los que la iglesia es dirigida con nueva luz por un jesuita argentino. Y si nos quedamos fuera de las ciudades veremos cómo los campesinos colombianos han cambiado gracias a la tecnología y ahora gritan a quienes los atacan “mire como va a quedar de bonito en YouTube” (no “la televisión” o “el periódico”). Igualmente lo hace Campo Justo y sus retratos de los campesinos colombianos hechos con corazón, gusto e inteligencia, logrando equilibrio entre estética y mensaje de compromiso. Es emocionante ver cómo en España, México, Colombia, Perú  y de seguro el resto de Iberoamérica ya tenemos productores audiovisuales no profesionales que nos están mostrando (y enseñando) cómo se vive en nuestros campos, algo que da valor a la gente y sus actividades. No sólo podemos vivir de la ciudad, y la visibilización de estas partes de nuestra geografía es una innovación clave.

El viaje cerró, abruptamente por motivos de seguridad, con las bandas sonoras de video juegos compuestas por Gustavo Santaolalla (un claro signo de cómo es de importante esta industria y las posibilidades que abre para los creadores latinos, que no todos han de ser programadores) y la revolución de las impresoras 3D que en cada uno de nuestros países van de manera silenciosa cambiando la producción de objetos y, de paso, la forma como las nuevas generaciones van a afrontar los retos de la producción a escala, el arte y la medicina (como ya hemos visto en esta columna). En Zaragoza tuve oportunidad de conocer etopia_  y su incubadora, donde uno de los más activos proyectos era el de Arduteka quienes están a la vanguardia del proceso en su tierra; seguramente tendremos uno así cerca a cada uno, y si no es ya, pronto.

Por fuera quedaron proyectos clave como Silencios, libro digital (pero también impreso) hecho sobre el Llano colombiano; el trabajo de Conaculta en México  y la Biblioteca Nacional de Colombia, que están haciendo interesantes ediciones digitales de libros y autores de sus culturas respectivas (innovando de paso el concepto de la misión de la biblioteca en estos tiempos, añadiendo la labor editorial, conservación y difusión más allá de sus territorios); el músico MCTemático quien con sus sonidos hizo parte de LASO y llega hasta Afganistán; el proyecto de audio y narrativa del peruano Daniel Alarcón llamado Radio Ambulante con el que está creando lazos sonoros desde USA pasando por todos los países de habla hispana en nuestro continente y, finalmente, una mención de cómo las multinacionales se pueden adaptar a los mercados mostrando el caso de las impresoras de papel que ahora traen de fábrica los tarros de tinta grandes, haciendo suyo el desarrollo que impusieron por fuera de la industria quienes inventaron las “recargas”.

Lastimosamente el Congreso Iberoamericano de Cultura, en esta versión dedicado a la cultura digital, tuvo fuertísimas medidas de seguridad (peores que las de un aeropuerto, repetidas cada vez que se entraba en la sala con revisión de cada aparato portátil) volviendo engorroso el paso de un recinto a otro, logrando que uno dudara moverse a otras salas para escuchar ponentes diferentes. La labor de seguridad es necesaria, pero esta no debe ser (ni en el mundo real ni en la web) un obstáculo en nuestras vidas y, mucho menos, una intromisión en ellas “por nuestra seguridad”. Las búsquedas masivas e indiscriminadas convierten a todos en sospechosos, lo que al final revierte contra quienes están cumpliendo una labor por demás comprensible. Pero bueno, si estos controles fueron evidentes y visibles para todos, lo duro de este 2013 ha sido descubrir cómo la web está siendo terreno libre para hacer controles indiscriminados y secretos a nuestra sociedad, como se ha venido descubriendo desde que Edward Snowden hiciera sus revelaciones. Si bien nadie tocó el tema abiertamente en el auditorio, en los ingresos nos lo hicieron recordar.

Ojalá cada acción nuestra sea para conectar nuestras vidas (para bien) usando las herramientas digitales, no para desconectarlas. Y, como todo cambia, eso que cantaron nuestros abuelos como una canción mexicana es hoy una pregunta que deberíamos hacernos a diario: “¿ya estás tejiendo la red?”

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