PAN

Por Andrés Ospina/ Escritor y realizador de radio [email protected] @elblogotazo

Por Publimetro Colombia

Cada amanecer bogotano anuncia su providencial advenimiento con fragancia a panes horneados, confeccionados por las manos prodigiosas de un panadero bonachón. Pan tempranero de madrugada. Pan reconstituyente de media tarde. Pan solidificado de hace días, para que la abuelita Soledad nos haga torta.

Millones de panes elaborados en Bogotá se alinean simétricos en bandejas, con destino al fuego. ¡Vengan a probarlos! Panes autóctonos de ancestro árabe. Les decimos ‘almojábanas’. Dulzonas garullas. Aunque suenen a lunfardo son muy nuestras y derivaron en La Garulla Santafereña, establecimiento chapineruno. Azucarados mojicones que en 1924 motivaran a Adolfo Samper para crear una tira cómica sobre un ‘chino’ travieso.

Panes híbridos, insignias de la fraternidad franco-colombiana: ‘croissants’ con arequipe y bocadillo. Así como recomienda hablar de ‘güisqui’ y ‘esmoquin’, la carente de gusto Real Academia Española ordena llamarlos ‘cruasanes’. ¡Vaya ordinariez! Los vallecaucanos les denominan ‘pancachos’. A éstos se suma el pandebono, con la susodicha pasta de guayaba como relleno —maridaje que todo caleño purista tildaría de sacrílego—. Buñuelos —navidad eterna en forma circular—, pandeyucas, pandequesos y pandetrigos.

Está el ‘pan blandito’, muestra de nuestra proclividad a valernos de diminutivos. Y el pan industrial de bolsa… Comapán… blasón de la colombianidad con nombre autoritario y publicidad locutada por Otto Greiffenstein. Bien cortado—cual triángulo equilátero— funciona como base para suculentos emparedados de queso derretido.

La cultura del pan trasciende lo multimediático. Están los programas radiales tipo ‘Club del panificador’ y los rollizos cocineros de la harina de trigo Haz de Oros (rinde que da gusto), omnipresentes en cuanta contienda futbolística televisada exista. También el gálico chef de Harinas el Lobo (rinden mucho más).

Ciertos panes contravienen preceptos animalistas. Entre éstos el proletario pan con salchichón o la hipergrasa mogolla chicharrona. Los hay de género indeterminado. No por nada —con antelación al ya sobreexplotado LGBTI— hubo ‘roscones’.

Varios padres inconscientes se parapetan en el pan para justificar su desafuero demográfico, bajo la prédica de que los neonatos traen uno “debajo del brazo”. La desmedida ambición de quienes aspiran a “pan y pedazo…” es censurable. ¡Cómo olvidar la mogolla con leche de Moreno de Caro!, consigna panadera demagógica. Y al celebérrimo Heyne ‘Mogollón’. El clero, entretanto, nos invita a rogar por el ansiado “pan de cada día”.

El pan sirve de infalible diferenciador de clases. En el sur hay panificadoras. En el norte, panaderías. Ningún indicador económico tan certero para tasar la devaluación. Antes hubo pan de cinco centavos. Hoy —con dificultad— encontramos uno de 200 pesos. Resulta más noble hablar del ‘pan diario’ que del sueldo o la limosna diarios. Como unidad moral de medida: Un individuo probo es considerado “más bueno que el pan”. Si algo se vende “como pan caliente”, ello constituye grato augurio de venturas comerciales. O de llamado a mantener la alerta, pues “en la puerta del horno…”. Y de fórmula de mendicidad: “Monito: ¡regáleme 100 pesos pa’ un pan!”.

Como siempre el espacio es poco y sólo me queda agradecer al cosmos por haber originado un condumio de tan maravillosas y bogotanas calidades. Me despido con las notas finales de una canción que termina, un poco ridículamente, así: “Pan pararan pan. ¡Pan Pan!”.

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