Autogol

Por: Nicolás Samper C. /Periodista @Udsnoexisten

Por Publimetro Colombia

La pelota, esquiva, bajó hasta su pierna y sin quererlo la introdujo en el arco que tenía que defender. En el segundo se vio presionado por un delantero de Santa Fe y quiso devolverle el balón a su arquero, Lucero Álvarez, que no estaba bien ubicado. Muy despacio, la bola se anidó en un costado de la portería. Wilson Galeano miró el cuadro, se rió de pura impotencia y seguramente pensó que hubiera sido mejor no levantarse de la cama. Santa Fe ganó 2-0 al Pasto sin que ninguno de sus jugadores hiciera gol.

Y claro, uno, ante semejante plato, empieza a evocar autogoles, esos extraños hijos bastardos del fútbol que aparecen de vez en cuando para dañarle la tarde a alguien. Por ejemplo, el segundo autogol de Galeano me hizo recordar uno de Aranzábal a Westerveld en un juego Valencia-Real Sociedad que terminó 2-2. Ese tanto en contra le quitó un punto clave a los donostiarras en su lucha por la liga española 2002/2003 que finalmente ganó el Real Madrid.

Ya darse la maña de hacer dos autogoles es cosa seria: a Wílmer Cabrera le tocó vivir ese padecimiento en un partido Pereira-América en el 93. Esa tarde el local ganó 2-1 y siempre me quedará la imagen de Ángel David Comizzo, inmóvil ante semejante catarata de mala suerte. En un Mundial ese trozo de doble indignación le tocó a Pierre Issa, central de Sudáfrica ante Francia.

Pienso en Gober Briascos, lateral del Junior que pudo redimirse de su propio pecado: con el Junior, marcó un autogol que ponía 0-1 perdiendo a los barranquilleros ante el Cúcuta en casa. Yo no sé de dónde sacó fuerzas Briascos para darle vuelta al destino con un pase gol y un gol, esta vez en el arco indicado. El partido, aquella noche, se lo llevó el Junior 2-1.

Álvaro Aponte sufrió muchísimo por cuenta de los autogoles. Jugaba con el 13 y algunos compañeros le echaron la culpa a las malas leyendas originadas por el número que llevaba en la espalda. Aponte, por esos tiempos en el América, se decidió entonces ponerse la camiseta 6 en un duelo contra Santa Fe, a ver si la racha pasaba. Un tiro libre pateado por Wílmer Cabrera (sí, el que luego haría los dos autogoles) pegó en una de sus piernas y desubicó a Falcioni. La cosa no era de número. Aponte tenía un extraño imán para la fatalidad.

Lo de Delfi Geli es aún más trágico: Liverpool y Alavés empataban 4-4 en la mejor final de la historia de la Copa UEFA. Un tiro libre de Gary McAllister precipitó la hecatombe: Geli cabeceó  y fue gol en contra y final del partido. Aunque faltaban 4 minutos para que se terminara la prórroga, existía el “Gol de oro”, que era simplemente que el que hiciera el gol en tiempo suplementario ganaba y punto. Liverpool venció con marcador de 5-4.

El único autogol que quisiera jamás recordar es el de Andrés Escobar. Daría lo poco que tengo por devolver el tiempo y por cambiar el destino doloroso de esa jugada.

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