El paro, las redes y la calle

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

Lo que se está tejiendo allá afuera es una red social más fuerte que las nuevas redes que hoy habitamos y en la que los temas coyunturales se debaten con tanta pasión como se comparten los videos de perritos montando en bicicleta, los gaticos tiernos o los bebés sonrientes.

Los ciudadanos están usando las redes para expresar su solidaridad con los campesinos, esos que para muchos han sido un tipo de indigentes que salen a la carretera a vender mangos cuando desde la ciudad vamos a paseos de finca. ¿Es una moda? Es posible, pero por lo menos resulta importante que el tema del campo se ponga de moda para que se profundice en el problema con mirada estructural.

El campo en Colombia tiene muchos problemas. La tierra dedicada a la ganadería extensiva abarca 32 de los 42 millones de hectáreas disponibles que podrían emplearse mejor en agricultura; el desempleo rural tiene rostro de mujer: su tasa de ocupación es del 30,6%; menos de la mitad de la de los hombres (73,1%), de acuerdo con cifras reveladas por Oxfam.

Esto, por supuesto, lleva a que la pobreza rural (64,3%) casi doble la pobreza urbana (39,6%). El incremento de 29,1% de la indigencia en el campo en los últimos años muestra la precariedad de la calidad de vida de muchos sectores campesinos. Aún nos falta entender que ser campesino debería ser una opción de vida y no un tipo tolerado de indigencia. Ni siquiera sabemos cuántos son nuestros campesinos, como lo confesó ayer el presidente Santos luego de que no se haga censo agrario desde hace 44 años.

A eso hay que sumarle el problema de la propiedad. El 85,4% de los propietarios tiene el 18,7% del total de la superficie. Tenga en cuenta que la mayor parte de esa propiedad de tierras cultivables no se usa para producir alimentos, sino que es de los grandes productores de palma africana y caña de azúcar para hacer biocombustibles, los que, además, ha recibido los mayores subsidios estatales.

Dentro de los que están saliendo a las calles hay de todo: desde los que son arengadores profesionales desde cualquier orilla política, hasta los que no tenían mejor plan. Aun así, también están los que acompañan críticamente. El ciudadano de afuera no es tonto. Investiga, lee, publica y comparte contenidos a través de plataformas colaborativas y a través de ella convoca la solidaridad y el acompañamiento con hashtags como #TodosConElCampo, #ElParoSiExiste, #LaOtraCaraDelParo, #MePongoLaRuana, #BoyacáResiste y #SiParoNoDisparo, entre otros.

Los usuarios en las redes han mostrado su inconformidad, pero a veces los siento solos. Hombres y mujeres que consumen información en papel o a través del cristal de “las buenas noticias del entretenimiento” que presentan las piernas de moda, se quedan como testigos autistas a los que la realidad les resbala como aceite.

Y algunos, que infiltran a los que salen a la calle con buenas intenciones, persiguen que no haya solución, sino que se aliente la anarquía y no se firmen acuerdos.

Ahora viene un momento histórico decisivo en el que los campesinos deben participar en la construcción de una política agraria seria e incluyente… a pesar de los congresistas. Y los que habitamos cómodamente las ciudades tenemos que rodearlos al comprar en mercados campesinos para que no compitan contra las mafias de la intermediación que son grandes responsables en la crisis. El problema de los campesinos es también el nuestro, de allí venimos.

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