Celadores

Por: Andrés Ospina, escritor y realizador de radio/ @elblogotazo.

Por Publimetro Colombia

Cuando fui preadolescente –ante la eterna ausencia de mi padre y la mudanza de ciudad emprendida por mi tío y abuelo maternos en 1986– los vigilantes de mi edificio ocuparon aquel siempre vacante espacio en la inquietud de mis días, destinado a una figura paterna. Desde entonces les profeso sincera simpatía.

Al ser Bogotá tierra insegura, la vigilancia privada –impagable en otras ciudades– abunda. El término ‘celador’ me suena poético. Son ellos cancerberos que celosos resguardan los bienes a su cuidado, sin importar temperaturas, accesos de sueño, confinamientos y demás vejaciones ciudadanas. Héroes uniformados de marrón, azul, gris o ‘vinotinto’.

Los hay célebres: Néstor Elí… del Edificio Colombia, representado por Jaime Garzón. El popular Guachimán… de ‘Sábados felices’. Freddy… centinela afrodescendiente del conjunto Los Faroles en ‘Amo de casa’.

En mis tiempos se rumoraba que estos y las domésticas en licencia trenzaban libidinosos encuentros dominicales dentro del Parque de los Novios o el Nacional, con limpieza y exfoliación facial incluida. Pero –allende la caricatura– hay en ellos aspectos tipológicos destacables. Existe el ‘pique de celador’, diferenciable en el braceo del de ‘choro’, su enemigo natural.

A unos les toca en suerte ser centinelas de palacete –con portería de mármol y demás lujos urbanos–. Otros custodian –bajo hipotérmicos helajes, en entornos riesgosos– instalaciones industriales incómodas y mal situadas. Los restantes laboran desde minúsculas casetas de hojalata, extensiones metálicas de sus almas. Allí, por microeconomía del rebusque, expenden refrescos o cigarros… si Dios y la administración lo permiten, claro.

La fragancia de dichos espacios es inconfundible… Un revoltillo entre alimentos y café recalentados, evidencias fermentadas de previos usos del retrete, horas sin aireamiento y transpiraciones en turnos diurnos y nocturnos. Adentro reposan objetos: televisores lluviosos, con antenas-alambres. Almanaques. Estufas con hornillas de espiral cociendo sopas o brebajes antisomnolencia. Mezclas energizantes de Coca-Cola, cafeína y ‘aguadepanela’. Linternas. Rancias ruanas. Transistores equipados con baterías adicionales en cajas de bocadillo veleño, para alargar la carga.

Nuestros vigilantes merecerían la patente de una completa gama de frases: “Son órdenes de la administración”. “Por mí fuera lo dejaba entrar”. “¿El señor trae algo para registrar?”. “¿Me colabora con la salida?”. Y han inspirado expresiones del tipo ‘cela’, ‘celacho’ y ‘guachimán’, burda latinización del angloparlante watchman.

¡Y sí!: me molesta su intransigencia, cuando rasga los límites de lo humano, pues también he sido víctima del injustificado despotismo de algunos. Pero así los quiero. A los considerados, flexibles y buenos cómplices. A los crueles, descorteses y arrogantes. A quienes son galantes cuando desean acceder a favores venusinos de nanas, institutrices y amas de llaves. Con su capacidad detectivesca para diseminar chismes de conjunto. Con su silencio ético –voluntario o financiado– al callar infidelidades entre residentes. Con sus minutas de anotaciones. Con sus inverosímiles requisas simuladas. Con su franciscana resistencia a administradores y supervisores déspotas.

Noble actividad la de arriesgar bienestares propios en virtud de tranquilidades ajenas. Bogotá no sería igual sin ellos, desvelados protagonistas de noches y días, inmejorables amigos e insufribles enemigos, a quienes nuestros edificios enteros deberían ser escriturados. Bien lo decía Rocky Balboa: “Cuando permaneces mucho tiempo dentro de un lugar, acabas por convertirte en él”.

Por: Andrés Ospina, escritor y realizador de radio/ @elblogotazo.

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