Defensa de los calvos

Por Nicolás Samper C. @udsnoexisten

Por Publimetro Colombia

En mi casa no me pusieron problemas el día que comenté que me dejaría el pelo largo. Fue después de salir del colegio, seguramente llevado por ese deseo de rebeldía medio tarado que todos tenemos en la adolescencia. Temeroso, comenté mi decisión y mi mamá no objetó. No le gustó, pero tampoco hubo prohibición ni suspensión de mesada. Mi mamá me confesó luego el motivo de su poca resistencia: “aproveche porque usted se va a quedar calvo. La herencia así lo indica”.

 

Sus vaticinios no fueron errados cuando el 8 de febrero de 1999 vi cómo se caía el muro capilar al ritmo del batuqueo de cabellera mientras le echaba agua y rinse Konzil. De ahí en adelante fue asumir la pérdida, como cuando se va un ser querido: hay que llorarlo pero no hay que quedarse frenado en el recuerdo ni preguntarse por qué se fue. Simplemente el pelo cayó sin que nadie pudiera hacer nada para detenerlo.

 

Mi caso no es el único. Y más en el fútbol. Me acuerdo mucho de un delantero argentino que se llamaba Óscar Dertycia, mechudo como estrella de rock. El tipo era un 9 de área muy bravo y por sus buenas actuaciones en Instituto de Córdoba y Argentinos Juniors lo contrató la Fiorentina. En Italia el hombre sufrió una lesión gravísima. La demora en la recuperación y la angustia producida por no saber si iba a quedar bien le produjo una extraña reacción nerviosa: se le cayó todo el pelo del cuerpo. Hasta el de las cejas. Y Dertycia no pudo hacer nada para evitarlo. Con la cabeza como un bombillo siguió haciendo goles en España, Argentina, Chile y Perú.

 

La digna calvicie de Dertycia resultó ser apenas un caso de tantos: recordar a Zinedine Zidane con folículos capilares vivos parece toda una odisea. Su imagen es la del alopécico que descosió la pelota con Francia, Juventus y Real Madrid. Ni hablar de Fabien Barthez, compatriota de Zidane y arquero de grandes intervenciones y errores repetidos en el Manchester United. ¿Alguien se acuerda de Barthez con pelo? Yo no. Su cráneo limpio de vellosidades servía de cábala a su selección y al capitán Laurent Blanc, que le daba un beso en pleno cacumen antes de arrancar un partido. Y ojo, el calvito tenía su cuento: se levantó a Linda Evangelista ¿Cuántos mechudos se pueden jactar de semejante conquista?

 

Por eso da rabia pensar en los que apostataron de su religión y se resistieron al designio de ser lampiños. Wayne Rooney, Diego Latorre, Iker Casillas –se hizo un implante pequeño- Ricardo Carvalho, Luis Islas, Nery Pumpido, todos con destino de calvos, quisieron retar a la naturaleza con vergonzosos implantes. ¡Indignos! ¡Herejes!

 

En el infierno los esperará un destino de horror: Tendrán que usar sus injertos para ponerles pelucas a los maniquíes que rodean los corredores del Averno.

 

P.D: a los lectores de esta columna, mis agradecimientos eternos por leerla y, obvio, los mejores deseos para esta navidad.

 

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