Un cuento verde

Por: Andrés Ospina, escritor y realizador de radio/ @elblogotazo

Por Publimetro Colombia

Hace mucho, antes de que el hombre invadiera estos contornos, la sabana de Bacatá era tierra de aguas. En el Pleistoceno un lago brotaba desde oriente. Cuando este se evaporó, al suelo le crecieron ciertos seres espigados, de pelajes verdes, llamados árboles. Granizos, pagodas, tunos esmeraldas y tíbares.

Eso ocurrió hace 70 millones de años, y no había cerros. Después, el pino colombiano se alzó como gran soberano. Comenzó a hacer frío y muchos no lo soportaron.

De entonces sobrevivieron los cauchos sabaneros, los Tequendama, los chusques y los arrayanes. Los vientos trajeron del norte tés y laureles de cera. Del sur nos vino el encenillo. Después, hace poco (un millón de calendarios, para ser casi exactos) robles se aferraron al altiplano.

Gonzalo Jiménez de Quesada llegó hasta Tibzaquillo en 1538. Se encontró con un paisaje de chicalás, nogales, alcaparros, helechos palma, arrayanes, cedros, sangregaos y pinos romerones. Talar, por esos días, era hacer patria. La humanidad pugnaba contra los bosques.

Carlos V forzó la siembra de sauces. Juan de Castellanos hizo obligatoria la devastación de cuanta especie nativa se cruzara por en frente. Todo aquello que no fuese europeo, incluyendo la vegetación, era considerado maligno.

En su lugar pusieron pinos. El pobre nogal (especie sagrada para el pueblo muisca) fue víctima del racismo botánico. De acuerdo con la Iglesia, este atentaba contra el proceso de evangelización del que los chibchas eran objeto. Hará no mucho la dignidad le fue devuelta al declararlo árbol insignia.

Las construcciones en adobe y la necesidad de alimentar ganado diezmó la población vegetal en Santafé. Durante la colonia, los solares dentro de las casas contribuyeron a la siembra de duraznos, brevos, manzanos y papayuelos.

Con ellos quedaba compensada la ausencia de parques públicos, lo que explica la escasa densidad arbórea en barrios antiguos. En la hoya del Quindío, Von Humboldt se encontró palmas de cera, hoy habitantes de nuestro parque de la Independencia. Simón Bolívar ordenó reforestar (aunque dudo que conociera tal palabra). Sembraron pimientos muelle traídos de Villa de Leyva.

El siglo XIX también trajo eucaliptos, involuntarios responsables de daños medioambientales. Tal responsabilidad se la disputan Manuel Murillo Toro, de quien se dice los importó de Nueva York, y Pepe Urdaneta, que parece haberlos sembrado, hacia 1893, en su finca de Soacha. Con el tranvía, cuyos primeros rieles estaban hechos de madera revestida en metal, hubo robles mutilados.

Para embellecer la ciudad, con motivo de la IX Conferencia Panamericana, de abril de 1948, el chino Hochín sugirió sembrar urapanes bajo la muy colombiana consigna de “quedar bien con el extranjero”. Cincuenta años más tarde, el llamado ‘chinche chupador’ quiso tragárselos.

En este siglo de desmanes la lucha de los árboles persiste. No deja de sorprender que hoy, a pesar de tantos desmanes, aún sigan ahí, oxigenándonos. Dada su condición, silenciosamente majestuosa e indefensa, decidí hablar por ellos. No vaya a ser que sigamos dañándolos, para nuestro propio perjuicio. Hasta el martes que viene.

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