Indignación e impotencia en Colombia

Por: @rivas_santiago

Por Publimetro Colombia

Hace poco (relativamente, porque en el mundo de las noticias y la información fue hace una eternidad) el asesinato brutal de Rosa Elvira Cely propició un movimiento de masas considerable, que buscaba protestar para que nunca más fuera perpetrado un crimen tan brutal. Los motivos por los cuales se hizo el plantón son nobles y efectivamente es necesario que se detenga la violencia contra las mujeres, pero esta manifestación, al igual que muchas otras en nuestro país, es una muestra de lo poco preparados que estamos para propiciar el cambio desde la sociedad civil.

¿Somos conscientes de a quién debemos reclamarle por el asesinato de Rosa Elvira Cely? Podemos pedirle a la policía o al Estado encarecidamente que nos vigile y nos llene de cámaras, pero eso iría en detrimento de nuestras libertades individuales. Podríamos, como pasa con las manifestaciones contra las FARC, gritarle al aire, o mejor, a una cámara, esperando que así nuestro clamor sea escuchado en la lejanía, pero los medios son un terreno pantanoso entre los civiles y las instituciones, mediados por instituciones más poderosas que los Estados, como lo son los conglomerados económicos. No se puede esperar ningún compromiso de su parte.

Se nos ha convencido de mirar para el frente siempre, figurativamente hablando. Es decir, no creemos que los males endémicos de nuestra sociedad, como la violencia, el machismo, la homofobia, la corrupción y la incompetencia de nuestros gobernantes vengan de nuestro seno. Creemos que somos las víctimas en esta eterna telenovela y por eso no nos sentimos responsables por las cosas que pasan. Solamente nos sentimos indignados y salimos a gritar, o tuiteamos airadamente esperando encontrar en otros las misma indignación que nos ocupa, pero entendemos la marcha como un fin, no un medio.

Para nosotros salir a limpiar nuestra consciencia en una plaza o un parque es solamente el final de aquella historia en la que nos sentimos compungidos pero nunca es parte de un proceso, que deba terminar en algo. Sin saberlo nos hemos hecho a la idea de ser impotentes ante los monstruos que conviven con nosotros y por eso hacemos apenas lo necesario para sentirnos tranquilos.

Olvidamos en ese trance que el machismo violento de este país es un asunto que viene incrustado en nuestra educación, que la psicopatía, la depresión y la angustia existencial son apenas esquirlas del horror, la ignorancia y la pobreza que habitan nuestra nación.

Es necesario que dejemos de mirar hacia las instituciones y los políticos, que dejemos de creer en los medios y empecemos de una vez por todas a mirar a nuestro alrededor. No me refiero a que empecemos a vigilarnos los unos a los otros; al contrario, son las tácticas de vigilancia y acusaciones pagadas una de las tantas estrategias que utilizan para separarnos aquellos que temen la unión de las personas con un objetivo común.

Si alguna cosa ha de cambiar en este país se requiere de la comunicación constante entre las personas, los vecinos de los barrios y aquellos que tienen intereses comunes en uno u otro punto de la ciudad y el país. En el diálogo podemos encontrar más soluciones que en las arengas, porque el diálogo es el verdadero constructor de las sociedades. Si el lenguaje sirve de algo es porque al menos en el intento por entendernos los unos a los otros podemos hallar un camino para trabajar todos con el mismo objetivo y crear un entorno más justo para todos, diverso y regido por el mutuo respeto, no una sociedad de personas desesperanzadas, hastiadas y paranoicas, gritando cada uno por su lado.

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