Nuestra era de las luces

Por Santiago Rivas, @Rivas_Santiago

Por Publimetro Colombia

La gente tiende a asumir que vivimos (o deberíamos vivir) en una era dominada por la razón. Incluso en Colombia hay gente que promulga su uso como única herramienta para entender lo que nos rodea.

En esta era de las luces, los enfurecidos tuiteros, líderes de opinión o esbirros de la misma, deploran de cualquier cosa que esté escrita con errores de ortografía de la misma manera en que se repudia la violación de un niño. Ahora todo el mundo es una máquina lubricada por la lógica y cada vez que alguien refuta esta teoría pasa a ser un descastado.

¿Quién no quiere tener la razón? Día a día se esgrimen argumentos, se redactan cartas, textos y columnas de opinión con ese objetivo; se desempolvan diccionarios y se recurre a una retórica llena de erudición.

La tan anhelada razón desaparece una vez más en medio de fórmulas y aforismos. En un país como el nuestro, en el que la mayoría de los jóvenes recién salidos de los colegios siguen siendo analfabetas funcionales, podríamos optar por creer que tener la razón no es tan importante como ser justos, puesto que las cosas pese a todo funcionan, pero no.

A los ardorosos defensores de la racionalidad se les olvida que no todo aquello que esté explicado está justificado. Seguro, por ejemplo, hay una explicación para ese reflejo idiota de la gente que apenas frena su carro en un semáforo en rojo se empieza a hurgar la nariz, pero eso de ninguna manera lo justifica.

Es más, hasta los comportamientos irracionales tienen una explicación académica. Olvidan también que hacer cada pequeña cosa basados en argumentos, que buscar un fundamento racional para todo es tan demencial como tomar todas las decisiones de nuestras vidas basados en el poder de los cristales o el canto de los pájaros.

Quisiera entonces formular una teoría. Lejos de ser esta una era dominada por la lógica, me atrevería a decir que este mundo pertenece en realidad a los neuróticos.

Neuróticos que se empeñan en ser amables con todo el mundo cuando en realidad no les importa en lo más mínimo la vida de sus interlocutores, o que adoptan la antipatía como una forma de ocultar que en realidad se sienten solos o vulnerables.

Neuróticos que creen que cada cosa que pasa está dominada por el movimiento de los astros o que creen que cada cosa debe tener una explicación documentable, capaz de medirse. Como buenos neuróticos, nos inventamos todas las mentiras que ahora nos hacen sufrir, como el crédito, la germofobia o los reality shows.

Los faraones que decidieron que la tierra no era suficiente refugio para sus cuerpos inertes y mandaron a construir pirámides fantásticas son los hirsutos que cada media hora se frotan las manos con gel desinfectante, los mismos sabelotodos insoportables que acompañan cada cosa que dicen con una estadística.

En aras de mantener en pie este mundo de mentiras nos lo echamos al hombro, buscando huír de la verdad que nos atormenta, que somos en realidad animales, los mismos hijos de la tierra que en cada cambio de clima encuentran una señal y en cada planta un milagro, pero al tiempo seguimos siendo los mismos salvajes y los mismos vikingos que lo único que desean en realidad es cortarle la cabeza a su vecino y follarse a su esposa.

Al mecanismo que convierte esta culpa y esta negación en ciudades, armas, religiones y canciones de amor lo conocemos como sublimación, pero eso tampoco justifica nada, porque la política no quiere arreglar el subconsciente, solo aprovecharse de él.

Las cosas se caen de su propio peso. Gracias a estados como el nuestro, que usan estadísticas de mentira cuando les conviene y que cada atrocidad que cometen o protegen la respaldan con argumentos sacados de tomos completos de teoría del derecho, la verdad ha dejado de existir.

Gracias a los publicistas que ceñidos a la teoría de la comunicación se inventaron los comerciales de bancos en los que niños corren por las praderas floridas, a los economistas que se hunden en los embelecos que ellos crearon para que nadie salvo ellos entendiera, como el Dow Jones o el mercado bursátil y a los barras bravas que se hacen matar por equipos a los que no puede importarles menos lo que una horda de idiotas como ellos puedan hacer con sus vidas, recordamos otra vez que nuestra vida no tiene sentido, que el caos es también una cualidad humana, que nos comportamos como ondas y como partículas a la vez y que la única razón posible es el equilibrio, como lo dice el 80% de los gurús de todas las iglesias del mundo, incluso los pastores que se niegan a ser calvos y se gastan los diezmos de sus fieles en tupés y orgías.

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