[Recovecos] El edificio Bavaria

Por Eduardo Arias, @AriasvillaLocalización:

Por Publimetro Colombia

Mi infancia transcurrió en un apartamento de la calle 38 entre carreras octava y 13. Desde el ventanal de la sala-comedor, en un tercer piso con vista al sur, se divisaba un gran lote donde había funcionado el colegio del Sagrado Corazón, recientemente demolido, en el que más adelante construirían la embajada de Estados Unidos, donde hoy funciona el Ministerio de Ambiente.

Los únicos edificios que existían entonces eran el de Ecopetrol, en la 36 con 13, y el de la Esso (calle 36 con séptima, donde hoy tiene sus oficinas la CAR), así que tuve una vista privilegiada al centro de la ciudad que de niño me permitió ver nacer y crecer el edificio Bavaria.

Hablo del edificio porque desde mi ventana sólo se veía uno, aunque en realidad se trata de un conjunto que consta del edificio de oficinas de 28 pisos que domina el costado norte y dos edificios gemelos de apartamentos de 16 pisos donde aún hoy, con 53 años a cuestas, aún sueño poder vivir “cuando sea grande”.

Poco a poco aparecieron nuevos edificios en el barrio del Sagrado Corazón que taparon la vista del de Bavaria, pero aún entonces podía verlo desde la mansarda de la casa de mis abuelos y, muchos años después, desde la terraza que le construyeron a la casa de mis papás en La Magdalena a donde nos trasteamos en 1968.

Lo que más me ataba de niño al edificio de Bavaria eran las luces de Navidad que adornaban sus fachadas norte, por lo general un árbol navideño, y una virgen con el niño Jesús en el costado occidental, el que da sobre la carrera 13. Para mí la Navidad comenzaba la noche en que prendían las luces. Y si algo me deprimía en la vida era la fatídica noche de enero en que no las volvían a prender más y tocaba esperar una eternidad hasta la llegada de una nueva Navidad.

Aún recuerdo con horror aquella vez –no recuerdo el año- en que decidieron cambiar el árbol de la fachada norte por un crucifijo. ¡Un crucifijo en Navidad, hágame el (BEEEEP) favor! Ahora que lo recuerdo y lo veo en perspectiva, parecía una imagen ideada en el más oscuro de los laberintos de la retorcida mente de Alex de la Iglesia.

A comienzos de los años 90, cuando las oficinas de Bavaria se trasladaron a la calle 94, no volvieron a iluminarlo. Nunca más pude mostrarles a mis hijos “el angelito de Bavaria”, como le decíamos a la virgen. Debo confesar que todavía echo de menos esas luces navideñas.

Muchos años después, los libros de historia de la arquitectura en Colombia me enseñaron que el centro Bavaria, su torre de oficinas y las dos de apartamentos donde todavía sueño poder vivir algún día, habían sido diseñados por la firma Obregón y Valenzuela y construidos por Pizano, Pradilla, Caro y Restrepo entre 1963 y 1965. Me encantó saber que ese edificio que me acompañó de niño allá en la calle 38 y que me sirvió de faro en las navidades era uno de los mejores exponentes de la que el arquitecto e historiador Eduardo Samper Martínez denomina como la edad de oro de la arquitectura moderna en Colombia y que había ganado el Premio Nacional de Arquitectura en 1966.

Cada vez que paso por ahí trato de subir por alguna de sus escaleras y atravesar su galería comercial, la que lo conecta con los otros edificios del Centro Internacional y el Hotel Tequendama. Es una extraña sensación de familiaridad. Pasar por el edificio Bavaria es como estar en casa otra vez.
 

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