Carnaval

Por Adriana Jaramillo @seligmannad

Por Publimetro Colombia

Por estos días, mientras en Río, en Barranquilla, en Venecia, salieron las gentes a las calles a exhibir sus colores, sus bailes y sus  excesos. Madrid también se vistió de carnaval. 
 
En Bogotá preferimos disfrazarnos a la americana con calabazas y caramelos en octubre, pero el carnaval tiene otro espíritu, es un tema catártico. Originalmente representa para los paganos el momento de descontrol emulando las fiestas del dios Baco, o el Dionisio y para los cristianos el momento de permisividad que sucede antes de la cuaresma. Lo cierto es que ocultar la identidad y dejarse llevar por los deseos es una costumbre que nos viene de lejos.
 
En Madrid el carnaval es un día de juego que ayuda a la ciudad a encontrar un resquicio para dejar salir sus pasiones contenidas. Se celebra con un gran desfile que tiene como protagonista a todo un imaginario de fieras, monstruos, y seres fantásticos del bestiario urbano  y posteriormente culmina en el gran baile de mascaras del Círculo de Bellas Artes.
 
Yo estuve en ese baile hace años cuando era una jovencita recién llegada a Madrid, y fue una experiencia memorable hacer parte de un evento masivo de suplantación de identidad donde abundaba de todo. El edificio de Bellas Artes es uno de los centros culturales más emblemáticos de la ciudad y de Europa, cuenta con siete plantas entre las que está el famoso Salón de Columnas, que hubiera fascinado a Stanley Kubrick con sus suelos de mármol, sus lámparas de lágrimas,; y esas robustas columnas de piedra que le dan su nombre, que son el centro del gran baile de carnaval por donde se ocultan los seres de la noche con sus rostros enmascarados.
 
Yo me disfracé con un traje de charleston, pero decía a modo pretencioso que era Anais Nin, y mi prima, que estaba visitándome por esos días, se puso una trusa negra brillante que desvelaba su cuerpo de jugadora profesional de Volleyball y una máscara con orejas que la convertían en una despampanante Gatubela bogotana. Una vez más, pensaba, como en los viejos tiempos, ella era la que atraía a los hombres con las curvas y yo los engatusaba con la labia.
 
El edificio construido en 1880 estaba convertido en una macro discoteca con efectos de luces y los mejores Dj’s del momento. Se veían bailar en la pista a toda clase de personajes: una geisha meneaba la cintura junto a Batman, el Capitán Garfio charlaba con Marilyn, Al Capone con una enfermera sexy, Elvis se subió a la azotea con Pipi Mediaslargas. Entre whisky y whisky terminamos bailando Depeche Mode, mi prima con Robin Hood, que era alto, acuerpado y moreno,  y yo con su amigo el Fraile que era más bien mono, facciones dulces, de mi misma estatura y tenía los cachetes rollizos.
 
Aunque fuera carnaval y estuviéramos jugando a ser otros, me di cuenta que había una pose aún más profunda que el disfraz que llevábamos: lo que queríamos aparentar ser y lo que prejuzgábamos de los demás.
 
Entretanto Robin Hood ya se había bebido dos tragos con mi prima y estaban bailando a poca distancia. El Fraile, al oírme el acento y preguntarme de qué estaba disfrazada, empezó a hablarme de Cuba. Inmediatamente pensé en los muchos españoles que tienen unos padres o abuelos que viene de la isla y cuando le oyen a uno el acento del “otro lado del charco” es como si metieran todo en el mismo costal. Qué ignorantes, pensaba yo, como si fuéramos iguales todos los latinoamericanos, y empezó a contarme que su madre había nacido en La Habana, hija de españoles inmigrantes y que le encantaban los patacones que llamó tostones, los fríjoles negros y que incluso bailaba algo de salsa. Yo estaba a punto de salir corriendo y dejar de hacerle el cuarto a mi prima. En mi pose de Anaís Nin, muy interesante y muy sexual, no podía perder la gran noche de carnaval y lujuria al lado de un fraile inculto con cara de virgen.
 
Estaba a punto de inventarme una excusa para escabullirme, cuando el Fraile que vio que yo no le seguía la onda me dijo: “¿Sabías que los padres de Anaís Nin nacieron en Cuba? Lo sé porque mi madre también es Nin y eran parientes lejanos. Mi madre es experta en sus diarios”. Lo miré con ojos asombrados. Las máscaras se cayeron y vi mi vergüenza sin disfraz. En carnaval nada es lo que parece, y después de carnaval, quizá, tampoco.
 
Adriana Jaramillo es periodista y escritora. Reside en Madrid, España, desde hace 13 años.
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