El poema que se comió al poeta

Reflexiones de @Solano Periodista, especialista en tecnología [email protected]

Por Publimetro Colombia

Cuando fui a ver ‘El árbol de la vida’, dirigida por Terrence Malick esperaba encontrarme con una cita que me permitiera pasar el rato. Al verme cara a cara con la película imaginaba una actuación descollante de Brad Pitt y, más aún, de Sean Penn, lo que se llama “un señor actor”. La dirección de arte nos transporta a uno de los estados del centro de Estados Unidos, a la casa de una familia discreta y juiciosa que va sagradamente a misa en la época de la posguerra.

No obstante, confieso que me desconcertó mucho esta película. Como he mencionado varias veces, la incertidumbre sobre lo que veía solo me atacó en tres momentos: Al inicio, en el medio y al final.

Malick entiende la vida como una espiral. Cuando conversé por Twitter con Ricardo Romero Silva, el escritor que a la vez hace las reseñas de cine en la revista Semana, su percepción es que la película es una gran plegaria a Dios, nacida del intimismo más puro del autor. Es posible y acepto esa lectura, pero creo que el director nos pide a la audiencia que hagamos un esfuerzo enorme para que entendamos porqué una historia de época, en los años cincuenta, puede incluir secuencias de un dinosaurio a la orilla de un río…

Es cuando el espectador pide a gritos que aparezca una historia, en alguna parte en algún momento. En esa historia central, el pequeño Jack nos comparte su mundo desde que es un bebé que siente celos por su pequeño hermano hasta que tiene como 13 años. En ese núcleo familiar se siente el amor infinito de la madre silente, pero llena de ganas de reír y andar descalza por las laderas con sus hijos, y al padre que regresa todas las tardes con la aplicación del buen samaritano, y la mano fuerte en la mesa a la hora de la noche.

Cuando Jack es un adolescente (Hunter McCracken) disfruta de las cosas simples con sus hermanos. Allí, Malick saca la artillería de los recuerdos, las evocaciones, los juguetes baratos. El mejor momento de la película, en el que casi se pueden oler las cosas. Emergen los sentimientos y las sensaciones, las guerras intestinas de Jack con su ‘deber ser’, las tensiones.

La aparición de Sean Penn (Jack, de adulto) decepciona. Creo que no es su culpa, sino la consecuencia natural de seguir un guión antinatural, una producción que piensa más en las imágenes grandilocuentes que en el desarrollo de una trama. Así, Penn hace lo que mejor puede en una película en la que solo atina a caminar desorientado, buscando respuestas a través de preguntas silentes. Sean Penn pasará a la historia como el figurante más caro del cine… Penn fue desperdiciado.

Malick tuvo un gran sueño, soñó un poema enorme, cósmico, pero el poema se comió al poeta. El director se lució con la fotografía; sin embargo, el montaje colosal desbarata los intentos de crear una historia. La coherencia es una ilusión que se desmorona con el paso de los minutos gracias a que la edición es cuidadosa en no perder los materiales recabados, pero indisciplinada cuando los retazos tienen que contar algo. En algunos momentos me sentí viendo a un Ed Wood posmoderno sumando secuencias de otras producciones (incluidas las de Discovery Channel) y como diciendo “ya que tenemos esto no lo desaprovechemos; ya pensaremos en qué momento lo metemos…”.

Un director que no escapa de sus ganas de hacer obras maestras a punta de simbología puede llevar a su audiencia a la asfixia. La coherencia, esa gran ausente.

Si el director no hubiese pensado tanto en complacer a la crítica que lo alabaría, probablemente habría logrado que la audiencia hiciese lo mismo. Los espectadores amamos a lo directores que nos hacen pensar, llorar, reír y desear, pero por encima de todas las cosas, amamos a los directores que nos entregan historias, que saben comunicar con simpleza. Malick escogió escribir una historia para complacer la crítica, que una historia que en el público despierte placer.

No es una mala película, en serio. Vayan y véanla. Diría que es “diferente”. Solo creo el espectador podría concentrarse más en la trama central, la de la familia en los años cincuenta si se quitan los dinosaurios, los meteoritos, las mareas altas, la lava volcánica y las caminatas de autómatas por el desierto salado de Utah.
 

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