El álbum del recuerdo: Los que juegan como uno

Nicolás Samper, (@udsnoexisten), escarbará quincenalmente sus recuerdos a partir de una foto o video en publimetro.co

Por Publimetro Colombia

Dicen que era camarero en un barco. Que no podía mantenerse en pie fácilmente porque jamás se acostumbró a los movimientos ondulatorios del buque en el que, con librea y corbatín, iba mesa por mesa regando copas de vino, dejando caer platos de mejillones al piso por su falta de equilibrio y haciendo quedar mal al gremio de mozos. Los que lo vieron en acción a babor y estribor jamás lo habrían convocado como refuerzo para batirse, con tres bandejas llenas de botellas en la mano, en la famosa “maratón Bretaña de meseros”.

Hablaba español en infinitivo el día que apareció, a comienzos de los años setenta, en las oficinas administrativas de Santa Fe. Alto, piernas de zancudo blancas como una barra de jabón de coco, sonrisa tímida y promesa de goles bajo sus brazos -esos mismos que no podían sostener un vulgar charol- sus credenciales para triunfar. Era yugoslavo Josip Tiblas y delantero. Dicen que nunca antes El Campín sintió semejante profanación viéndolo jugar. Desperdiciaba goles hechos, se iba de bruces por su ADN plagado de torpeza, era burla de todas las tribunas el pobre Tiblas. La leyenda habla de que fue el peor jugador de fútbol que pisara el estadio bogotano. Samuel Moreno Rojas, cuando jugó algunos amistosos mientras era político, se le acercó pero la comparación sería injusta: tal vez Tiblas hubiera hecho la calle 26 en dos meses.

Y es que ver al alcalde destituido con pantaloneta, medias de rombos, sin canilleras y reloj jugando fútbol es un poco como verse uno –repito, solo jugando fútbol-. ¿Cuántos sufrimos en la niñez porque, a la hora de la repartición de equipos en el recreo, aparecía nuestra esmirriada figura como última opción? A Moreno, obvio, lo elegían de primero en el equipo porque era el dueño del balón (si él abría el estadio para jugar un picado, ¿cómo no elegirlo?). A Tiblas, igual de malo que Moreno, lo escogieron por yugoslavo. No por bueno. Uno en cambio, no era alcalde ni jugador profesional; era el último eslabón en la cadena futbolística colegial, donde, patear piedras en el banco de suplentes y ponerse la 24 en la espalda aparecía como la salida más digna.

Por eso me cuesta criticar en ocasiones a los troncos. Porque de alguna manera, cuando uno de ellos pisa la cancha, siento que un legionario de mi ejército me estará representando durante 90 minutos con esa hermosa capacidad de retar la lógica, no con una jugada maradoniana, sí con un balón de gol que termina en saque de banda. Algunos traicionan la esencia de la organización, como Luis Zapata con su gol contra Sao Paulo, pero tras relexionar, vuelven a enviar centros sin sentido y pifian pelotas imposibles.

Los últimos mohicanos de mi tribu fueron Juan Obelar y Hernán Boyero (foto cortesía de William Mora). El primero, un arquero uruguayo que vino a Millonarios hace poco, quiso innovar en su estilo y decidió, para darle mucho mayor ritmo al espectáculo y por iniciativa propia, atajar sin las manos. Tan bien le fue en su empeño que vivió uno de esos momentos tan frecuentes en mi niñez: lo reemplazaron –siendo portero- en el intermedio de un juego contra Tuluá. Cuando un entrenador quema un cambio por su arquero, es claro que se está hablando de un “paquete”. Como uno.

Boyero también tenía lo suyo: goleador en Instituto de Córdoba y el fútbol boliviano, físicamente similar a Garganta de Lata, el irredento borrachín de Condorito, vivió su bautizo de fuego en un partido anodino de viernes contra Quindío: pateó torpemente en el minuto 90 hacia el arco y la pelota pegó en el vertical. El balón se devolvió y con el arquero en el suelo, sin resistencia, el buen Hernán pateó y la mandó afuera. Como uno.

Boyero, Tiblas y Obelar son de mi clan. Samuel, no. Defiendo a los troncos. No a los malos. Y ahí sí que hay una gran diferencia.
 

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