Mocoa: lo que la avalancha se llevó y lo que quedó en pie

En medio de los barrios enteros con los que arrasó el alud, ciertas partes de la ciudad quedaron arriba, como testigos silenciosos de la tragedia.

Por Juan Pino

Mocoa es hoy un escenario de contraste. Por un lado está la Mocoa silenciosa y oscura que se llevó el agua y por el otro la bulliciosa, calurosa, comercial y agitada que el agua no tocó. Esa Mocoa, la de siempre, está llena de gente respetuosa, sobre todo. “Aquí no se pierde nada, aquí salga tranquilo que este es un pueblo lleno de gente buena y trabajadora. Aquí de todas maneras la ley es muy fuerte, si a usted lo pillan robando…”, dice nuestro conductor mientras nos entrega las maletas, luego se detiene, pone el dedo índice en la sien y la mano en forma de pistola.

Efectivamente, Mocoa es un pueblo lleno de gente amable. Por todos los rincones las personas pasan y saludan, siempre hay una sonrisa en la cara y más cuando se tiene una cámara colgada en el hombro. Mientras todo el pueblo está volcado en buscar la manera de superar su tragedia, curiosamente se ven muchísimas caras blancas de turistas que vienen de la parte norte del mundo. ¿Qué viene a hacer un europeo a Mocoa? Y rápidamente me responde el conductor: “¡Pues a conocer el fin del mundo!”. Río con bastantes ganas y él se queda mirándome con un claro gesto de que habla en serio. Los turistas vienen a Mocoa a conocer el Fin del Mundo, una imponente cascada de más de 70 metros ubicada al sur de la capital de Putumayo, entre Mocoa y Villa Garzón.

Tristemente hay que hablar también de esa Mocoa que hoy está oscura y en silencio. Es la Mocoa que en la medianoche del viernes vio cómo el agua se llevaba todas esas alegrías que se ven en los rostros de los mocoanos. “Para mí lo más triste de todo esto fue ver morir a tanto niño. Estaba subida en la terraza de una casa y me amarraba al resto de los vecinos que estaban ahí conmigo, intentaba darle la mano a cualquiera que pasara por allí, a los que venía arrastrando el agua. Solo se escuchaban los gemidos de los que iban siendo arrastrados. Sobre todo eran niños”, dice Karina Sánchez, de 34 años, a quien la Defensa Civil logró rescatar cerca de las 5:00 a.m. de una terraza vecina a su casa.

“Estaba ya dormido. Cuando oí un ruido fuerte, le dije a mi esposa que saliéramos, que se iba a caer esto. Alcancé a llegar a la casa de un hijo que vive más arriba. Allá vi cómo el agua bajaba con unas rocas inmensas, eso no lo mueve nadie y eso fue lo que acabó con todo. Perdí todo, no me quedó nada, pero estamos vivos. Nunca me había pasado esto, nunca había estado sin nada en la vida”, cuenta Leandro Nemaque, habitante del barrio San Miguel.

Lo que más asombra hoy a la gente de Mocoa es de dónde salieron tantas rocas. Además no son rocas cualquiera, miden desde uno hasta dos o tres metros de diámetro, nadie las había visto aquí, y ahora medio Mocoa está cubierto por ellas. Cuentan los habitantes que el mayor daño no fue causado por el agua. El mayor daño lo hicieron las rocas. El agua las arrastraba como si fueran barcos de papel, y a su paso se llevaban carros, casas, postes y vidas. De las calles de la parte alta de Mocoa no queda nada. Solo un montón de estas gigantescas rocas que ahora marcan el cauce de un río, un río que hasta el viernes no existía.

Decenas de personas se ven sentadas en las aceras de los locales comerciales del centro, pendientes de un espacio en una planta de energía a base de diésel para cargar el celular. Conseguir una gaseosa o cualquier bebida fría es todo un reto. No hay energía. Y ni hablar de cómo conseguir agua, por lo menos para una ducha. De a poco, realmente muy poco, van llegando camiones cisterna con agua a los barrios. Y las ayudas no se han visto mucho. “¿Ayuda?, ¿una panela y una libra de arroz le parece a usted que es una ayuda? No señor, con eso no se alimenta una familia”, dice Leandro mientras caminamos a San Miguel.

Por ahora las labores en Mocoa parecen estar enfocadas en rescatar cuerpos. Cada minuto que pasa es más fuerte y evidente la tóxica mezcla de olores entre personas muertas y basura. Cada vez va bajando el nivel de lodo, es más fácil transitar y más fácil notar las secuelas del desastre. Los sepelios aumentan, el calor y la humedad también; mientras tanto, los mocoanos van resolviendo cómo va a ser la dinámica de sus vidas en los próximos días. De a poco todo va estando más limpio y Mocoa va retomando su rumbo.

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