¿Cómo saben ustedes que voy a estar bien?

¿Cómo afrontar la noticia de un cáncer? Virginia Mayer nos cuenta por lo que está pasando mientras espera los resultados de una biopsia que podría cambiarle la vida.

Yo cumplí treinta años y comencé a desbaratarme. Desde entonces me diagnosticaron artritis degenerativa en la espalda, enfermedad de Crohn (en el estómago), ovarios poliquísticos, y un par de veces he coqueteado con hipertiroidismo. Desde entonces han pasado ocho años y diez colonoscopias.

Hace cuatro años durante una colonoscopia –y la única vez que me he despertado de la anestesia en la mitad de un procedimiento- me encontraron una masa que al médico “no le gustó”, y me hicieron una biopsia. Entonces pensé, es imposible que tenga cáncer, yo no tengo cáncer. Algo así como “A mí eso no me pasa”. No esperé el examen esas dos semanas repitiéndome a mí misma “No tengo cáncer. No tengo cáncer. No tengo cáncer. No tengo cáncer.” Lo saqué de mi cabeza y continué mi vida como siempre, sin cuidarme y sin hacer ejercicio. Efectivamente, no era cáncer. De hecho, no sé qué era. No era cáncer y me olvidé del tema.

Como el Crohn requiere que le haga seguimiento, y porque estoy medicada, el martes en la noche me hicieron una colonoscopia de rutina, y otra vez esta doctora dijo que había una masa que no le gustaba e hizo una biopsia.

-¿Eso quiere decir que podría ser cancerígeno? –Le pregunté.

-Sí, existe una pequeña posibilidad de que sea cancerígeno.

-Si fuera así, ¿tendría cáncer? ¿Tendría que pasar por una radioterapia o una quimio?

-Si fuera así, tendrías cáncer, sí. Y te pueden operar, o hacer radio o quimio. Depende.

Debo esperar los resultados quince días. No estoy asustada. Sin embargo esta vez estoy bajoneada. La posibilidad del cáncer le abre una ventana a la muerte, pero esta no me produce temor, ni angustia. Yo me siento realizada, y no soy una persona con grandes sueños o metas. Vivo cada día, vivo hoy. Puedo morir sin sentir que me faltó algo. Y no soy una persona perpetuamente deprimida, o suicida. Lo cierto es que no me gusta el mundo. Amo mi vida pero detesto al mundo, y siempre he pensado que me voy a morir joven.

 

A quienes –(a todos) menos a mi vieja- me dicen que con la voluntad de Dios todo va a estar bien, les digo que no me hablen mierda, pues yo no creo en Dios. A los que dicen que todo va a estar bien no les pregunto cómo lo saben, pero lo pienso. No ando creyendo que tengo cáncer, aunque la posibilidad no me asusta. Sí me llena de pereza, porque yo no me haría una radioterapia o una quimioterapia. Supongo que me dedicaría a comer uvas isabelinas y guanábana, y haría ejercicio aun más maniáticamente que Catalina Aristizábal. Y si la cosa se pone muy fea, pues me meto una sobredosis de heroína y me muero antes de padecer las posibilidades. De todas formas he pensado en hacerlo antes de perder la capacidad de limpiarme el culo. Sin misterio. Siempre he creído que mi vida será mía cuando mis viejos hayan muerto.

No estoy buscando lástima. Si van a mandar algo, que sea buena onda. Es lo único en lo que creo. Y mientras tanto espero. Y cada día me tomo una foto de la cara, que es fiel a cómo me siento. Termino de escribir este texto y así se acaba el primer día. Quizá mañana no se me llenen los ojos de lágrimas.

Por: Virginia Mayer // @virginia_mayer