Los ciclo-patanes

Andrés Ospina reflexiona, como ciclista aficionado pero sobre todo como ciudadano de una Bogotá con cada vez más bicicletas, los problemas de comportamiento de muchos 'bicicleteros' sin dios ni ley.

Por Andrés Ospina

Pocas colectividades me inspiran tanto respeto como aquellas conformadas por quienes han hecho del ciclismo su opción de transporte. Los considero pioneros en materia de movilidad y ambientalista. Quijotes posmodernos trepados en sus rocinantes de acero. O, para ponernos contemporáneos… en sus corceles de policarbonato. Vulnerables héroes a quienes un casco y un antirreflectivo sirven de escudos insuficientes para librarlos del peligro, siempre a expensas de la violencia y las muchísimas vertientes de agresividad cultivadas disciplinada y ancestralmente por el sinnúmero de conductores atarbanes que en Bogotá tenemos por conciudadanos y también por el hampa callejera en pleno.

De hecho, sin pretender ser yo Nairo, ‘el Zipa’ o Patrocinio, y sin que mis piernas ni capacidad pulmonar den siquiera para ascender la cuesta que desde la Séptima conduce hasta el Tramonti prendido al espejo de una Renault 18 break, me he dado hace un tiempo al propósito de valerme cuanto más pueda de dicho vehículo a la hora de moverme. Y para ser consecuente decidí convertirme en el orgulloso dueño de la Pantera (así bautizó su anterior propietario a mi actual bicicleta, la segunda que poseo en mi vida). Soy, por demás, miembro entusiasta de un colectivo de lectores-ciclistas denominado Cicloreaders y aunque todavía no me acostumbro a andar sobre dos ruedas tanto como quisiera, ello se debe a la mezcla entre mi cobardía y el riesgo que presupone para la integridad personal tal tipo de movilización en urbes como esta.

Hablo, entonces, como otro bogotano. Como aquel que sobre todo camina, que en ocasiones aborda un taxi, que bajo ninguna circunstancia se subiría a autobús o TransMilenio alguno, que en otras juega a ser aprendiz de ciclista y que como eso último se encuentra en algún grado facultado para dirigirse a los suyos en idioma comprensible. Porque sigue cundiendo entre los nuestros (permítanme incluirme) una corriente de ciclo-patanes. Aquellos ‘bicicleteros’ que, contrario a la mayoría de quienes abanderan esta causa, no se asumen como parte articulada de un tráfico colectivo. Y que por tanto se van atravesando entre automóviles, andenes e individuos sin que medien pudor, compasión o instinto de supervivencia ninguno. Aquellos que se adivinan exonerados de acatar legislaciones o señales de tránsito y que por ello sirven de amenazas ambulantes para quienes caminan confiados en su decencia (entre éstos niños, ancianos y gentes con mascotas, bebés o coches). Los mismos que atropellan a aquel que se les interponga mientras hacen resonar su silbato cual tiránicos y decimonónicos virreyes por la carrera 11. Esos que desconocen cebras, semáforos y, lo que es más grave, gentes. Muchos allegados míos han estado próximos a terminar embestidos en ciclovías, cruces peatonales y otros contextos similares por cuenta de esta estirpe de ladillas ciudadanas con fachada de vanguardistas.

Hoy quiero dirigírmeles. Decirles que los comprendo. Que mal haríamos en desconocer la relevancia de esos a quienes Pedro Bravo llamó ‘biciosos’ como grandes contribuyentes a ciudades más habitables y a un planeta menos intoxicado. Que bien entendemos la marginalidad a la que por décadas fueron sometidos y que aplaudimos y acompañamos sus conquistas recientes. Pero que a la vez encontramos imposible reivindicar lo propio cambiando el rol de oprimido a opresor o de excluido a excluyente. Ello desdibujaría esa implícita grandeza adivinable en la mayoría de quienes van en bicicleta. Hasta el otro martes.

Por: Andrés Ospina / @elblogotazo

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