Ruinas

Por Nicolás Samper C.

Por Nicolás Samper

Duele desmitificar. En 2011 me sentía listo para protagonizar yo mismo El secreto de sus ojos. La cita era en el estadio Tomás Ducó y la suerte, además, quiso que me tocara el mismo partido que aparece en la película: el local frente a Racing. Cuando iba recorriendo sus corredores sentía náuseas: lámparas de araña pero sin bombillos, pisos con tubos de PVC salidos, paredes descascaradas y unos cuantos meando en un muro. ¿Por qué no entran al baño? Al finalizar el juego entré y les di razón a los que preferían pintar las paredes con cálidas micciones: al ingresar no existían los inodoros pero sí largas colecciones de excrementos de diferentes tamaños, texturas y olores regados en el suelo.

No es bueno dejar caer la casa propia, aunque a veces suene a que la frase es una perogrullada: ¿quién va a querer vivir en una pocilga herrumbrosa, en un armazón vetusto y lleno de escombros? A veces parece que nosotros mismos nos quisiéramos acostumbrar a esas miserias.

Los estadios que no tuvieron Mundial Sub-20 (quiero ser generoso y olvidar que a varios de los que fueron sede de ese Mundial también hay que meterles mano) están a punto de la ruina o envueltos en un yin-yang arquitectónico en el que el bien y el mal conviven en densa y desajustada armonía. Ibagué, por ejemplo, que decidió meterle mano a un Manuel Murillo Toro que llevaba pidiendo a gritos una mirada: hay que decir que el campo está bien y las tribunas se ven alegres ante las obras y la pintura. Lo malo es que solamente se puede ver de día el coloso arquitectónico porque sus torres de iluminación son cuatro velas que parecen vigilar un ataúd en una oscura funeraria. Y ya no hay plata para cambiarlas aunque llevan cuatro décadas prestando el servicio: fútbol del año 2017 envuelto en la luz vintage de 1977.

En Neiva no hay manera de parar de vomitar: obras carísimas –de acuerdo con la Contraloría fueron 23.000 millones que no sirvieron para nada– y que no curaron el mal estructural de fondo. Y asquea en mayúsculas porque por cuenta de estas pillerías cuatro obreros fallecieron en el momento en que colapsó la estructura con precio de oro y resistencia de balso. Tuluá no tiene cancha, ni pasto, ni iluminación y por eso a su equipo le tocó el destierro donde nadie lo acompaña: en el pasado Tuluá-Patriotas ingresaron 314 mártires a ver el bodrio que se debió disputar en el 12 de Octubre. Y como si fuera poco, en el estadio Jaraguay de Córdoba se anunció con bombos y platillos, en marzo del año pasado, la construcción de la tribuna de oriental de una cancha que en televisión se veía rodeada de Toyotas polarizadas, cabezas de pardo suizo y cebú y polisombra. Se le invirtieron –dicen los reportes– 8000 millones de pesos que terminaron en la basura porque parte de las graderías también se vinieron abajo en noviembre. Y mejor ni mirar sus camerinos: Fabián Vargas bien mostró tan paupérrimo escenario en su Instagram. Podemos seguir: Santa Marta ni en las curvas; Tunja, que se preciaba de tener un campo de golf, hoy es un peladero preocupante…

Y no hay nadie que se haga responsable. Eso es lo único que no me extraña.

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