Dentro del acorazado de Clara López

Por Juan Manuel Reyes - Publimetro

Antes de empezar la entrevista, Clara López me muestra con orgullo propio de una colegiala su agenda, con un gato en la portada y un pájaro en la contraportada. No recuerda dónde la compró, pero la exhibe como su más preciada posesión. Y hablamos de animales, algo inesperado en la mujer que denunció los falsos positivos y la parapolítica en la Corte Suprema de Justicia; que asumió como encargada la Alcaldía de Bogotá en su momento de mayor desprestigio, y que ahora quiere volver al Palacio Liévano con el apoyo de la izquierda.

Siempre la han rodeado las mascotas. Aún en la Universidad de Harvard, donde estudió Economía y se graduó en 1971 con tesis laureada, tuvo un perro que la acompañaba a los salones. “Recuerdo muchísimo una ocasión en la que sonó la campana de fin de clases, pero el profesor siguió hablando, y yo no me fijé a qué hora mi perro se levantó y le arañó la pierna. El tipo se paró y dijo ‘creo que mis estudiantes se están poniendo muy inquietos, terminamos en la próxima clase…’”, recuerda entre risas.

Hoy tiene un perro y cuatro gatos. Solían ser dos, pero durante la campaña presidencial de 2014 recogió dos crías de una gata callejera a la que atropelló un carro en el barrio El Retiro, donde vive. Allí vive junto con su esposo Carlos Romero, un líder de izquierda divorciado y con cuatro hijos. Lo conoció en el Concejo de Bogotá, donde ella representaba al Nuevo Liberalismo y él a la Unión Patriótica: por casarse con él, su madre, una mujer de la élite cartagenera y emparentada con el maestro Alejandro Obregón, dejó de hablarle por un tiempo.

En su apartamento se reúne la familia Romero López los fines de semana a hacer asados en el balcón, oyendo la música vallenata que su hijo Federico y sus nietos Salvador y Camilo tocan en vivo. Entre gatos y vallenatos, entre libros y carne asada, Clara López se fortalece para resistir los embates que ha recibido y que, como ella misma lo reconoce, la han convertido “en un acorazado” ante la opinión pública.

A pesar de ser nieta del expresidente Alfonso López Pumarejo y sobrina del expresidente Alfonso López Michelsen (de quien fue secretaria económica), ha tenido bastantes golpes en la vida por su búsqueda de las reformas “necesarias” para el país. En Harvard hizo parte de las protestas estudiantiles contra la guerra de Vietnam. Se retiró del liberalismo cuando el Partido se alejó de las visiones reformistas que tenía, y se fue primero al Nuevo Liberalismo de Luis Carlos Galán,   después a la Unión Patriótica y finalmente al Polo Democrático.

En la campaña electoral de 1988 para la Alcaldía de Bogotá, donde representó a una coalición de grupos de izquierda, tenía que andar para todos lados con un chaleco antibalas; incluyendo los funerales de compañeros de lucha asesinados que, como ella misma recuerda, sucedían cada semana. Tuvo que marchar al exilio para salvar su vida, primero en Panamá y luego en Venezuela. Durante años quedó sin trabajo por su afiliación política, lo que la llevó a estudiar derecho en Los Andes.

Lo más fuerte de esa época, según López, fue ver las fotografías de las primeras masacres realizadas a sindicalistas de las bananeras de Urabá en 1988, poco antes de las elecciones para la Alcaldía. En especial, por la similitud que esas imágenes tenían con las registradas durante el período de la Violencia de los años 50: en López se mantiene vívido “el sentimiento de frustración de un país… en la vida de una misma persona, 30 años después, la reedición de la historia, también por causas políticas”. Ella asegura que por estas imágenes se volvió activista de derechos humanos, y una defensora acérrima del fin negociado del conflicto armado.

Debajo de su coraza, Clara López sigue siendo una mujer sensible. Recuerda que cuando fue nombrada por el presidente Juan Manuel Santos para asumir la Alcaldía luego de la destitución de Samuel Moreno por el Carrusel de la Contratación, en junio de 2011, escuchó sollozos en el Palacio Liévano. Caminando por los pasillos de la sede de gobierno (que describe como “el lugar más solitario donde haya estado”), encontró un funcionario de unos 50 años destrozado: había salido a buscar el traje para la fiesta de 15 años de su hija en las sastrerías del centro de la Ciudad, pero en el camino lo habían escupido y maltratado. Su delito: ser funcionario de la Alcaldía.

Después de intentar consolarlo, la alcaldesa encargada convocó a los empleados distritales a la Plaza de Bolívar, pero en vez de hacer una arenga política, les pidió que depositaran en una urna su compromiso con Bogotá para limpiar la ciudad. Y eso hicieron: rápidamente logró recuperar el ánimo de una administración seriamente afectada por el escándalo de contratos, y planteó algunas medidas como el restablecimiento de los estudios del Metro y el primer proyecto del mínimo de agua vital, que después serían retomadas por Gustavo Petro.

Al finalizar la entrevista le pregunto por Álvaro Uribe Vélez, con quien tuvo una breve relación sentimental en los años 80. Después de un largo silencio, por fin responde: “si Álvaro Uribe hubiera perseverado en sus posiciones políticas originales de juventud, habría podido hacer las grandes reformas de Colombia. Pero se fue por el atajo militar, y no lo logró”.

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