Un poco de prudencia, por favor

Por Camila Chaín

Recuerdo que desde muy niña íbamos a Medellín en época de Navidad para compartir con la familia materna esos días mágicos y nunca olvido la novena, especialmente por los gozos, los cantaba siempre con respeto y emoción y aunque me los aprendí de memoria, tengo mi parte favorita: “¡Oh, divino infante, ven para enseñarnos la prudencia que hace verdaderos sabios!”.

No entendía muy bien el sentido de la frase hasta que comencé a crecer y llegué a esa edad en la que ya podemos considerar que “somos grandes”. Eso, claro está, porque empezamos a trabajar e interactuar con personas con una educación y unos principios que pueden ser similares, o muy diferentes a los nuestros.

Eso no es bueno, ni malo, hasta que algo que alguien más dice, o hace, se convierte en una tortura para ti. Ser prudente no es fácil, teniendo en cuenta que su definición en sí es algo subjetiva. ¿En qué momento puedo pasar la delgada línea y cometer una imprudencia? Pues, en cualquiera, jajaja, aunque sea sin intención.

Si les contara las veces en las que me he visto envuelta en una imprudencia, podríamos hacer un libro, pero hace muy poco me vi envuelta en una de la que aún no sé si podré salir ilesa.

No entraré en detalles, pero tiene que ver con un correo que una colega envió a nuestro jefe con toda la inocencia y la licencia que le otorga ser nueva en su cargo. Pues ya se podrán imaginar que lo único que queda ante un correo “enviado” es que el destinatario no lo lea entre tantos que le llegan cada día.

Yo estoy aferrada a eso, pero no sé si al final la fuerza que estoy haciendo, desde la cabeza a los pies, pueda surtir efecto. Ustedes saben que todo el tiempo estamos conversando con otras personas sobre temas que no nos gustan, sobre trabajos que preferimos no hacer, sobre tareas que esperamos que mejor realicen otros, aunque después de decirlo terminemos haciendo lo que nos pidan, de eso se trata cuando tenemos un empleo.

Pues en algún momento y pensando en voz alta, se me dio por decir que yo prefería no hacer “tal” viaje, porque no era muy experta en “tal” tema y ¡oh, sorpresa! Cuando descubrí que eso mismo había sido trasladado a mi jefe. Leí y leí el bendito correo en el que fui copiada y tenía enormes ganas de conseguir a un hacker para que entrara y borrara todo lo que decía, porque aunque sé que ella no lo hizo con ganas de dejarme en evidencia, ¡creo que lo logró! Todavía me acuerdo y me da risa nerviosa.

Sí, es un poco de novatada y por eso se lo perdono de corazón. Ya sabe que no puede volver a pasar, pero vaya que somos imprudentes. Por favor, antes de comunicar algo pensemos en ser prudentes, así seremos verdaderos sabios.

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