Reliquias

Por Metro

Atrapadas en folios jamás abiertos de libros centenarios –clamando por que alguien venga a descubrirlas; o por que nadie se las tropiece, para así evitarse un inconveniente destierro de su escondite– reposan reliquias hechas de despojos.

Aprisionadas entre cuadernillos apolillados de antologías incunables. Salvaguardadas por la fortuna de los embates de tiempos, humedades, distancias y de aquel devorador de recuerdos llamado bote de desperdicios.

¿Un ejemplo? En 2008 andaba yo por la Biblioteca Nacional husmeando ejemplares de la revista bogotana El Gráfico (publicada entre 1910 y 1941). De súbito, por sus páginas comenzaron a aparecérseme fragmentos picados de lo que fuera un empaque de Cigarrrillos Pierrot, tabaco nacional popular durante aquellas fechas, quizás empleados como separadores por algún ‘nicotinómano’ de los que han frecuentado el claustro desde su fundación hasta hoy.

A medida que surgían –cual rompecabezas– los dispuse sobre el mesón hasta reconstruir la excajetilla. Semanas atrás fui invitado a observar piezas halladas en circunstancias similares. La costumbre inicial consistía en dejar el material ahí dentro, a expensas de cleptomanías y accidentes. Pero los años trajeron una política de preservación digna. Posible es rastrear intimidades, pasiones y costumbres a partir de tales pistas, colección ensoñada para nostálgicos, fetichistas o voyeristas.

¡Vi tantas cosas! Documentos tachados, de contenido recuperable mediante rayos X. Un cartel alusivo a cierto evento en Málaga (España) fechado en febrero de 1926. Tiquetes de tren y tranvía de la Europa de comienzos del siglo XX, pertenecientes a los hermanos Rufino José y Ángel Cuervo. La factura de un libro comprado por estos en la capital francesa. Una hoja de árbol aplanada –bicentenaria y aún fresca– dentro del material correspondiente a la investigación resultante de la expedición botánica. Granos de plata camuflados entre sobres, y estos a su vez en libretas, para evitar impuestos. Un diagrama genealógico de José Asunción Silva, solicitado por Camilo de Brigard (su sobrino). Una boleta para algún espectáculo ofrecido por un colectivo de comicastros en Barranquilla. “Compañía Ortiz. Entrada general. Seis reales”, dice.

También una oferta de suscripción enviada por los editores del periódico conservador El Cundinamarqués a José María Vergara y Vergara. Frases helénicas manuscritas por Caro. Documentos del clérigo Margallo y Duquesne, quien profetizara un sismo que –según sostiene– devastará a Bogotá. Listados de herejías y hechicerías abominadas por el tribunal inquisidor. Una pormenorización de mezclas raciales aprobadas o condenadas por la autoridad eclesiástica, con rótulos curiosos (cuarterón, puchuela, ochavón y salmapatrás). Cierta traducción bíblica clandestina de 1620 en cuya cubierta, para despistar censores, fue estampada una silueta animal. Pruebas de nuestro atávico racismo. Cartas a prelados solicitando dispensas para uniones incestuosas. Misivas en las que se gestiona autorización para uso de papel (bien controlado por el clero). Correspondencia de Germán Arciniegas con la Unión Soviética, uno de cuyos destinatarios se apellidaba Molotov. Textos profanos transcritos en la clandestinidad por monjes y camuflados entre libros contables. Evidencias de mojigaterías caducas y vigentes.

El anterior inventario sirve de base para una exploración –entre detectivesca, arqueológica y forense– alrededor de la historia atomizada en documentos. Se equivocan, pues, quienes diagnostican una inexistente agonía del libro, cuando ahora sus páginas prevalecen como testimonio de una magia resistiéndose a perecer. ¡Hasta el otro martes!

Por: Andrés Ospina. Escritor y realizador de radio/ @elblogotazo

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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