Biblioteca Nacional

Por Metro

Hoy –a propósito de los 75 años conmemorados por su actual sede– propongo ocuparnos de la Biblioteca Nacional de Colombia, lugar al que pocos bogotanos identifican, lo que de entrada entristece.
Se trata de una edificación preciosa, hito inaugural de nuestra arquitectura moderna, resultado del diseño presentado en 1932 por el estudiante Alberto Wills Ferro, quien vio su obra llevada ‘al cemento’ un 20 de julio, en 1938.

Desde su emplazamiento –hacia 1776– hasta la consecución de su primer espacio idóneo, la biblioteca fue pionera en cuestiones de lectura pública y preservación de documentos relativos a Colombia o escritos por colombianos, sus dos misiones fundamentales.

Entre sus libros los hay de muchas naturalezas. Aquellos que atravesaron el océano hace siglos, en carabelas. Los que sobrevivieron a inquisiciones, inundaciones, terremotos e incendios. En sus bajos surgieron la Radiodifusora y Televisora Nacional (desde los legendarios estudios de San Diego).

Pese a haber experimentado ahí algunas de las más productivas jornadas en mi improductiva existencia, solo hasta el viernes conocí su trastienda. Tiene fetiches maravillosos: la cruz a la que se aferrara durante su agonía el bibliotecario y precursor cubano del periodismo local Manuel del Socorro Rodríguez (1819). La máscara mortuoria de Rufino José Cuervo (1911). Un manuscrito de ‘El carnero’ (1859) y el de ‘La vorágine’ (1926). Una edición temprana del ‘Amadís de Gaula’ (1539). El sonado ‘Aviso del terremoto’ (1785), primer texto noticioso neogranadino. La entrada es gratuita.
La humanidad es prolija en desastres bibliográficos: la tragedia de Alejandría acaeció porque los egipcios no sabían de backups. Nuestra acta independentista se hizo cenizas durante el incendio de las Galerías Arrubla, en 1889.

En concordancia, el departamento de conservación interviene científicamente las obras para protegerlas del tiempo, su enemigo natural. Allí son cultivados, estudiados y combatidos bajo supervisión profesional –en recipientes traslúcidos refrigerados– voraces hongos ‘come-libros’. Todo ello para prolongar la vida de las colecciones y librar a usuarios de una infección mortal por envenenamiento, cual los desdichados y chismosos abates de ‘El nombre de la rosa’.

Existen, además, proyectos serios de preservación. Gracias al generoso aporte coreano se pretende digitalizar la totalidad del material de dominio público (labor que demandará siete años, a razón de jornadas laborales normales en días hábiles).

Pese a su inobjetable valor urbanístico, el edificio en mención –calle 24 con carrera Quinta, para los desinformados; calle-excusado público, para nuestra pujante indigencia– se sigue quedando pequeño, ante las narices de despreocupados dirigentes.

Cada día se agolpan allí decenas de obras reclamando espacio en la amnésica memoria patria. El llamado ‘depósito legal’ ordena –por fortuna– dejar ahí ejemplares de cuanto se publique en Colombia o por colombianos. Imaginen cuántos centímetros ocupa la prensa de una semana.

Hay paliativos: sus fondos serán reinventariados y reubicados. Organizarlos por tamaños, en dos hileras –costumbre sacrílega según los cánones del bibliófilo–, ahorrará –de momento– valiosos metros cuadrados.

Anhelo el día en que haya voluntad política para curarnos por fin del ‘alzhéimer’ colectivo que nos apolilla el alma y de la indiferencia histórica en la que vivimos sumidos. Habrá que esperar a que algún mandatario le importe. Entretanto… ¡que los siga cumpliendo!

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