Bogotá no tiene tren

Por Metro

Una maldición cobija a los transportes férreos en Bogotá y Colombia. Hoy trenes y tranvías son anécdotas de tiempos irrecuperables. Y en cuanto al metro… “los estudios seguirán siendo –eterna y convenientemente– insuficientes”.

Nos queda el paquete turístico de la sabana –con repuestos comprados en Home Center, papayera, vallenatos, aguardiente y tamales–, ideal para aplanar monedas sobre la carrilera. Pero no es más que un insuficiente premio de consolación, y entristece el que –por ineficiencias y corrupciones– nuestros vehículos ferroviarios sean solo exotismos recreativos.

La Estación de la Sabana –en lo que llamaban Paiba– es joya inutilizada. Museo de máquinas paralizadas. Galería de la desvergüenza de no saber administrar un país. Locación de cortometraje terrorífico. Desolado bosque de chatarra con aspecto romántico, custodiado por trabajadores de una moribunda empresa y atrapado entre la espesura de espantosas edificaciones vecinas. Central policial.

¡Y pensar que durante el siglo XIX ferrocarril significaba progreso! Muchos obreros murieron –por caída libre desde pavorosas alturas, accidentes, insolaciones y enfermedades– tendiendo un corredor férreo que ahora, en un inexcusable irrespeto a su memoria, se mantiene herrumbroso e inutilizado. ¡Cuántos esfuerzos hizo Francisco José Cisneros, patriota e ingeniero cubano, por dicha causa! Mucho debemos a esos guerreros oxidados.

Su apogeo, iniciado en 1885 y culminado hacia 1939, fue corto. ¿Qué pensaría el británico P.C. Dewhurst, quien en 1919 se consagró a adecuar locomotoras Kingston Meyer o ‘vaporinas’, para hacerlas rodar por nuestra accidentada orografía?

Concesiones. Retrasos. Sobrecostos. Liquidaciones. Ferrocarriles Nacionales. Consorcios. Ferrovías. Reingenierías institucionales inútiles. Nuestra dirigencia sucumbió a presiones de la industria automotriz (contaminante y despiadada), de aerolíneas, del Banco Mundial y de transportadores privados, y desalentó la ampliación y el mantenimiento de la malla.

Luego nos mandó a viajar en flota –con el perdón de Berlinas del Fonce, Brasilia, Velotax y Expreso Vomitariano (en alusión a las náuseas provocadas a los estómagos de bien por las carreteras de esta curvilínea señora llamada Colombia)–. Todos ellos ofrecen cojinería ‘pullman’, tomacorriente, canales musicales y películas (casi siempre de artes marciales y acción) y Wi-Fi a bordo. Aun así, sería una experiencia más poética atravesar el Cañón del Chicamocha en tren que en buseta.

En 150 años no pudimos igualar los kilómetros férreos levantados por los norteamericanos en 15. Y así persistimos… Sin infraestructura pluvial. Con carreteras escasas. Y sin trenes. ¡Qué mal nos hicieron al sentenciar su desaparición, hace dos décadas!

Ahora los vagones de carga aumentan y los de pasajeros disminuyen. Mercancía importa más que ciudadanos.

Los extrañamos. Mágicos aparatos que rasgaban el velo natural andino, saltando sobre ruedas… del páramo al Caribe. Monstruos metálicos que desafiaban nuestra infranqueable geografía, con vagones –algo excluyentes– de tercera, segunda y primera clase… estos últimos alfombrados y equipados con bar, baño, restaurante y camarotes.

Y así, mientras el resto del planeta escoge formas de locomoción veloces y poco invasivas, nosotros miramos desidiosos los vestigios del único carruaje terrestre que –inteligentemente manejado– podría unir a Bogotá con el Atlántico en dos horas. Proezas parecidas ya han alcanzado el TGV francés, el AVE español e incluso el cincuentón tren bala japonés. No es por nostalgia. Es por futuro.

Por: Andrés Ospina, escritor y realizador de radio/ @elblogotazo.

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