Juguetes con madera

Por: Metro

“Comencé a trabajar con don Horst a la edad de 16 años, el 21 de junio de 1967. Mi nombre es María Jovita Pedraza pero me dicen Yolanda, porque Jovita me parece muy feo”.

Así se presenta esta señora, la que me ha atendido cuando he ido a comprar juguetes en el pasado y la que hoy guía a Horst Damme por un pasillo. El señor Damme, el juguetero alemán que voy a entrevistar, se sabe la casa de memoria y con ayuda de unas barandas que le hizo Yolanda se puede mover por ella a pesar de su ceguera.

Yolanda nos acomoda en el comedor y en voz baja dice que es mejor ahí que en el almacén porque “don Horst tiene la columna destrozada y se cansa mucho”. Lo acomoda y de decirle “don” pasa a llamarlo “gordito”. Nos pide que hablemos duro y ojalá en alemán (voy con un amigo berlinés).

El señor Damme tiene 83 años. Nos dice que en su infancia no tuvo juguetes. En 1933 su padre, dirigente de izquierda, tuvo que huir de Alemania perseguido por los nazis. Su relato de la salida de Alemania no parece hablar de un niño sino de un adulto.

El primer juguete de Damme fue un barco que le hizo su papá cuando escaparon a Checoslovaquia. No flotaba bien, Damme piensa que por la calidad de la madera. Hoy no hay barcos en la tienda: veo sólo camiones, carros y aviones.

Horst llegó a Colombia por casualidad. El barco en que huyeron sus padres de Europa debía dejarlos en Brasil, donde vivían sus abuelos maternos.

Desembarcaron en Buenaventura. Damme describe en detalle la arquitectura y sus días allí, como si hubiera sido ayer. Los 30 alemanes terminaron bregando con una finca cerca a Popayán. Al poco tiempo se dispersaron, pues no lograron cultvar nada en la finca. Unos se fueron a Cali, otros a buscar oro a Chocó y los Damme a Bogotá.

A Damme le parece raro que su madre no haya hecho el esfuerzo por llegar a Brasil y buscar a sus padres. Sólo años después se comunicó con la embajada de Brasil y supo que su padre había muerto.

Desde la cocina Yolanda aclara fechas y datos. Se sabe la historia al derecho y al revés.

Un cura alemán le consiguió trabajo a Willy, el padre, ensamblando joyas de fantasía, pero el sueldo no les alcanzaba. El mismo cura lo ayudó a entrar como administrador del Polo Club, a donde se llevó a Horst.

“Mi papá detestaba verme jugar. Siempre decía: para comer hay que trabajar”, dice cuando le pregunto qué hacía en el club. Así que se dedicaba a cortar pasto, mover tierra, ayudar en lo que fuera.

En el club, Willy Damme comenzó a trabajar la madera: allá hacía carretas y algunos juguetes para Horst. Parece que había hecho algunos en Alemanía, cuando estaba soltero, y los vendía en Navidad para conseguir dinero extra.

Estoy sentada con un señor que hizo el caballo de madera y la cocina con las que tanto jugué en mi niñez, y descubro que casi nunca jugó.

A la conversación se une Yolanda.Cuando comienza a hablar, Damme sonrie y se ve que disfruta al oír su historia de boca de su esposa. Entre los dos van contando cómo fue la fábrica, desde que su padre la abrió en 1947. Hablan de los almacenes, de los muchos empleados, de las ventas navideñas. Durante años Juguetes Damme fue la única fábrica de juguetes en Bogotá.

Él cuenta también que el famoso caballo, que muchos de ustedes tuvieron o al menos conocen, no fue del todo original: se le ocurrió después de reparar uno parecido que le llevaron.

Yolanda cuenta entre lágrimas cómo el 25 de agosto de 1972   Damme quedó ciego cuando un vecino intentó matarlo para quedarse con el lote donde está la fábrica. Y cómo su esposa y sus hijos lo rechazaron y él, ciego y deprimido, vivió varios años en la fábrica sin que ellos lo visitaran y sin hacer casi nada.

Yolanda, la empleada fiel de tantos años, salvó la fábrica, abrió otra vez un almacén y aprendió a hacer los juguetes. Le armó a Damme un cuarto digno para que viviera en el taller. Un día estaban acosados con un pedido y Yolanda sabía que el único capaz de hacer ciertas piezas era Horst, así que a las malas, lo sacó de un letargo de tres años y lo puso a trabajar. Ciego, comenzó otra vez a cortar en la sierra y a diseñar juguetes.

Obviamente Yolanda se convirtió en la esposa de Horst: tienen cuatro hijas. También es obvio que Yolanda mantiene la fábrica por amor a Damme. Aunque después de ganarse el Premio Lápiz de Acero, de exponer sus juguetes en el Museo de Bogotá y de un par de entrevistas, las ventas han mejorado; las ganancias son pocas, y apenas alcanzan para pagar el impuesto predial.

Yolanda hubiera podido vender el lote, olvidar los juguetes y vivir de la renta. Pero ella sabe que aunque Horst ya no hace los juguetes, ahí está su vida, en el olor a madera y pintura, en la gente que va a contarle anécdotas de infancia y a agradecerle por los caballitos, los camiones y las cocinas.

Fui por un personaje y salí con dos. Sin Yolanda los juguetes habrían desaparecido cuando Damme se quedó ciego y solo.

Vayan: hay carritos, aviones, neveras, cunas, estufas y el caballito que muchos de ustedes deben recordar: Juguetes Damme. Carrera 69B No. 99-33, barrio La Floresta

Vea más fotos de los juguetes de los Damme aquí.

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