Impera desconfianza entre familiares de normalistas desparecidos en México

Por Jacobo G. García.

“El Estado mexicano nos está engañando y es el Estado el que lo va a pagar”, advirtió Manuel Martínez, tutor de dos de los 43 normalistas desaparecidos la noche del 26 de septiembre.
Como si fuera una tortura, cada hora que transcurre sin noticias de los muchachos se vive como la gota malaya que cae sobre la frente de los padres, taladrando, dicen, su paciencia.
“Nos están engañando y están jugando con nosotros. Casi 32 días después no sabemos ni cuantos cuerpos había ni cómo estaban, ni si son nuestros hijos”, explicó Manuel vía telefónica desde Ayotzinapa.
“Los padres no le creemos al Gobierno de México”, explicó a Publimetro horas antes de subirse a un autobús que lo llevaría a la Ciudad de México para el encuentro que mantendrá hoy con el presidente Enrique Peña Nieto en Los Pinos, junto al resto de los familiares
“Estamos enojados y muy cansados. Nos lleva la chingada”, resumió gráficamente Mario César González, padre de César Manuel, conocido como El Tlaxcalita porque de Tlaxcala había llegado hace sólo tres meses “con el único sueño de ser maestro rural”.
La indignación de la población se sintió también en las calles cuando cientos de personas protestaron por las calles de Iguala. Paralelamente aparecieron frases como: “Iguala despierta, el narco está en la puerta”.
La disculpa del procurador general Jesús Murillo Karam, no tardó en llegar. “Nosotros no podemos hacer nada, mientras no tengamos una evidencia clara y plena de lo que sucedió ahí. No son resultados fáciles, son resultados que requieren en ocasiones peritajes que tienen que hacerse en laboratorios muy especializados y se tardan, pero prefiero la tardanza ligada a la verdad, que el apresuramiento ligado a la adivinación, a la imaginación o a la inventiva”, concluyó.
El malestar también se extiende entre vecinos de Cocula. Junto a la iglesia del pueblo familiares de varios detenidos revelan que desde el 26 de octubre se han dado decenas de “detenciones arbitrarias” desde que se descubrió que la policía municipal de Cocula colaboró en la desaparición de los estudiantes. Una manta colgada a las puertas de la iglesia acusa a “Peña Nieto, Murillo Karam y la SEIDO”  de detenciones arbitrarias; y advierten “de ciudadanos inocentes que las fuerzas federales se están llevando para torturarlos y hacerlos que se declaren culpables de delitos que no han cometido como secuestro, delincuencia organizada y portación de armas”.
Pedro Mújica Moreno, primo de Gustavo Moreno Arrollo, cuya foto aparece en la manta, explicó que su primo es ganadero y que se encuentra incomunicado desde hace una semana en el penal de máxima seguridad de Tepic, Nayarit cuando fue detenido el 21 de octubre en un retén. “Las autoridades están desesperadas, como se ven incompetentes en resolver el caso ellos necesitan justificarse y presentar gente inocente”; “están buscando chivos expiatorios”, acusó.

La fosa que no es fosa

No es una fosa. En realidad el basurero que conmociona a México es un descampado putrefacto en medio de un cerro cuyas laderas están cubiertas de basura y donde unos 20 peritos de la PGR estuvieron poniendo banderas rojas en cada resto que pareciera humano.
A 50 metros, la distancia permitida por las autoridades, no se veía ningún cuerpo y sólo había restos de ropa, una mochila y algunos zapatos esparcidos entre montañas de plásticos y restos orgánicos calcinados. Eso es todo lo que se conoce hasta ahora del basurero de Cocula, un pequeño pueblo alterado ante la llegada de decenas de periodistas de todo el mundo que han ocupado el zócalo con sus unidades móviles y aparatosos equipos de transmisión. Donde antes se vendían tacos y flores hoy hay decenas de camarógrafos repitiendo las mismas preguntas a los estufectactos vecinos. ¿Vio usted algo aquella noche? ¿Cree que son los jóvenes? ¿Cómo se vivía en este pueblo bajo el control del narco?
“Esos cuerpos pueden ser de cualquiera, aquí durante años los malillos hacían lo que querían, organizaban las fiestas y el pueblo era suyo. Se paseaban con sus armas delante de todos y sin ningún pudor”, explicó un anciano que prefirió ocultar su nombre.
El basurero a cielo abierto de Cocula está a 10 kilómetros del municipio y a unos 30 minutos en vehículo desde el pueblo. La zona acordonada, de unos 400 metros cuadrados, está resguardada bajo un fuerte dispositivo de seguridad, incluso en los cerros colindantes.

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