Halabja, el símbolo y la memoria viva del genocidio kurdo en Irak

Por Publimetro Colombia

Redacción internacional, 14 abr (EFE).- La ciudad de Halabja, en el Kurdistán iraquí, es el símbolo del genocidio perpetrado contra los kurdos por Sadam Husein, pero también su memoria viva, gracias al museo que honra a las víctimas del único ataque químico de la Historia llevado a cabo por un gobernante contra su propio pueblo.

Unas 5.000 personas, en su mayoría mujeres y niños, murieron por la brutal combinación de gas mostaza, sarín, tabún y XV lanzada por los cazas iraquíes el 16 de marzo de 1988, en las postrimerías de la guerra Irán-Irak, en esta localidad cercana a la frontera iraní.

“Pero lo importante es la Historia, no las personas”, asegura Omed Hama Ali, superviviente de aquel ataque, durante un recorrido que Efe hizo por el museo.

Omed regresó a su ciudad cuando se levantó el Monumento de Halabja, en 2003, “para contar lo que pasó en primera persona”.

Cuenta que entonces tenía 14 años y vio morir a su segunda familia, la que su padre había formado tras la muerte de su madre y su hermana en 1974, cuando Sadam ya bombardeó la ciudad con napalm.

El se salvó dos veces, de los gases y de ser enterrado vivo. Tras el ataque, fue trasladado en coma a Irán, donde pensaron que había muerto, en medio del caos por los 10.000 heridos que tuvo que acoger el país.

Su padre, que estaba en el frente “defendiendo el régimen que en ese mismo momento gaseaba a su pueblo”, pasó meses buscando a su familia y a finales de 1988, cuando una amnistía permitió regresar a los refugiados, encontró a su hijo en la frontera.

“Años después se casó por tercera vez y ahora tiene otra familia. Perdió a 45 familiares, pero no se rindió”, afirma con emoción contenida durante un impactante recorrido por el museo.

La visita comienza con una breve historia de Halabja, el mayor centro cultural del Kurdistán a principios del siglo XX, conocido por su aperturismo, como deja claro que la ciudad fuese gobernada en los años 20 por una mujer, Adela Khanum.

Ese progresismo, que continuó hasta la década de los 80, fue una de las causas de la feroz represión de Sadam, indica a Efe Saed Basher, guía del museo, antes de entrar en la sala de los mártires, representación de una calle de la ciudad el día del ataque.

Lo primero que se ve es la figura de un hombre tendido en el suelo que intenta proteger en vano entre sus brazos a un recién nacido: se trata de Omer Khawar, muerto aquel día junto a su mujer y sus diez hijos. Su imagen, recogida por Ramazan Oztuk, uno de los primeros fotógrafos en llegar sólo un día después de la masacre, se ha convertido ya en un símbolo del horror genocida.

Otras impactantes reconstrucciones muestran cómo la vida se paró en Halabja aquel 16 de marzo, cuando mujeres y niños (el 65% de las víctimas) amasaban el pan o jugaban en las puertas de sus casas.

“Al principio nos escondimos en el sótano, como hacíamos siempre que oíamos los aviones, pero enseguida nos dimos cuenta de que esa vez era diferente, nos asfixiábamos”, explica Omed, al recordar con tristeza como vio morir a todos sus hermanos “sin poder hacer nada”.

El centro del museo lo ocupa “la sala del corazón”, en cuyas paredes se han grabado los nombres de los muertos.

El arquitecto kurdo Yamal Bakir Kasab colocó en medio de este gran salón 16 columnas, que aluden al día del ataque, en un recinto cuya altura es de 19 metros y 88 centímetros, en alusión al año de la masacre.

En el exterior, se ven cuatro manos unidas, que simbolizan las cuatro grandes partes de Kurdistán (la iraquí, la iraní, la turca y la siria), cuyos habitantes fueron los únicos en ayudar a la población de Halabja, a pesar de que la masacre se conoció casi de inmediato. Pero entonces, Sadam era un aliado de Occidente.

Sobre el tejado, varias bolas cortadas por la mitad representan las ampollas en la piel que causaban los gases, cuyos espeluznantes efectos pueden verse en fotos expuestas en otras salas del museo.

“Fueron cinco horas ininterrumpidas de bombardeos, entre las 11.30 y las 16.30. El primer gas provocaba ceguera, el segundo olía a frutas, sobre todo a manzana, y resultaba muy difícil no aspirarlo, mientras que el tercero afectaba al sistema neurológico. La gente no podía parar de reír, llorar o tirarse del pelo”, dice.

En la sala del orgullo se muestran imágenes de historias sobrecogedoras, como la de un grupo de personas que huyó al cementerio, convencido de que ni Sadam se atrevería a bombardear a los muertos y se equivocó.

La magnitud de la catástrofe obligó a enterrar a los muertos en fosas comunes y todavía hoy aparecen restos humanos en la ciudad.

Sólo 24 horas después del ataque, periodistas y médicos iraníes acudieron a Halabja. El fotógrafo Ramazan Ortuk cedió su cámara al museo tras testificar contra Alí el Químico, el hermanastro de Sadam que orquestó el genocidio kurdo y que en el juicio aseguró, sin mostrar remordimiento alguno, que volvería a bombardear la ciudad.

“El juez que dictó su sentencia de muerte nos envió el bolígrafo con el que la firmó”, dice Omed, que considera su mejor regalo de bodas la captura, en 2003, del Químico, ejecutado en 2010.

Su mujer, también superviviente de Halabja, tuvo tres abortos por los efectos del gas químico antes de dar a luz a su hijo.

Marta Rullán

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