Dar un paso al costado. Alejarse. Hay excesos soportables. Otros, dañinos. Repetir una misma escena, escribir una misma frase, encontrar el mismo error en distintos cuerpos. En Nadie nos mira, el protagonista está entusado y decide empezar una nueva vida lejos de sus espacios comunes. ¿Y quién no lo ha intentado? Si el cine se trata de sentirse identificado, de encontrar escenas y lugares para vernos reflejados, Nadie nos mira tiene los ingredientes que hacen emocionante y entretenida la vida: dolor, frustración, un poco de sexo, un poco de amor, apariencia de felicidad y escasez de virtudes.

Hay cosas que no se pueden cambiar: las elecciones de los demás, las circunstancias que nos afectan. Hay otras que tampoco se pueden cambiar por cuenta propia, pero cambian con el tiempo: los sentimientos. Nadie nos mira pone a pensar al espectador sobre las decisiones que tomamos, las personas que alejamos y las formas de cortar. Y es que, a veces, la manera más efectiva de darle muerte a una emoción es tenerla muy muy cerca.

Julia Solomonoff es la directora y la razón para entender la película. Ella, que está radicada en Nueva York, recurre a un protagonista masculino para hablar de lo que significa creer en un sueño externo ante la crisis interna con la que por temporadas cargamos. Solomonoff demuestra que es una directora brillante porque logra poner en pantalla un tema que aunque es un poco trillado, tiene un tratamiento diferente. Desde su mirada, la de una mujer que también ha construido una historia lejos de “casa”, el esfuerzo de los latinos en Estados Unidos por hacer una nueva vida se plasma con sobriedad.

Pero el mérito mayor de la película recae en la actuación de Guillermo Pfening (Nico), que logra impregnar cada diálogo con el sentido de lucha por no fracasar y con la fuerza que se necesita para empezar una y otra vez. El sueño latino, más allá de tener un referente lejano de ficción, gana con la historia de Nico una mirada que obliga al espectador a repensar la noción de éxito y lo que significa renunciar o perder en el camino por encontrar lo que es para uno. La honestidad de la interpretación de Pfening potencia el vaivén de emociones por el que pasa el personaje y trasciende la barrera de la mayoría de productos de ficción, la cual muchas veces evita que el espectador logre jugar con los mensajes que recibe, en una interacción que se queda más en el campo de lo personal.

Nadie nos mira narra una historia de latinoamericanos que tienen la esperanza de lograr el éxito en un país distinto al que los condena el pasaporte. Pero, por fortuna, también resulta ser un esfuerzo por tocar con sutileza y respeto asuntos como la paternidad, los estereotipos de los latinos y las relaciones homosexuales. Al final, el relato resulta claro y atrayente, sin personajes comunes y enredos innecesarios. Solomonoff, que ya va por su tercer largometraje, logra limpiar sin tanto ruido el camino para el cine de la región, que requiere de referentes con ambiciones medidas, que no copien sino le apuesten a proyectos que prioricen las historias sin descuidar la estética.

 

 

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