¿Les gustan los centros comerciales? No tengo estadísticas, pero me parece que en las ciudades colombianas acostumbramos frecuentarlos más tiempo del saludable. Muchos, incluso, miden niveles de desarrollo según la tasa de estos por habitante, y para impresionar turistas escogen como primeras opciones llevarlos al Andino o a Gran Estación.

Algunos los prefieren a parques, calles, aceras o ciclorrutas como destinos de esparcimiento. Lo dice quien en su infancia y adolescencia tuvo por segundos hogares a Unicentro y a Hacienda Santa Bárbara.

No son estos pensamientos producto de un mal encausado antimperialismo, sino de reflexiones prácticas: los tales centros comerciales que tanto nos atraen han sido contribuyentes decisivos de un fenómeno lamentable del que pocos se percatan y con distintos responsables involucrados.

Me explico: llamamos ‘espacios públicos’ a aquellos parajes destinados al beneficio común y a la propiedad colectiva, cuya existencia propicie dinámicas incluyentes de interacción y encuentro social. En contraposición están los privados, regidos por sistemas de organización y reglas propios, y sujetos a las decisiones de quienes los explotan, usualmente para beneficios personales y con servicio de ‘celaduría’ incluido.

Las calles pertenecen al orden de lo público. Los centros comerciales, al de lo privado. Pero los publicitan como conglomerados democráticos del deleite, rebosantes de todo aquello que la contemporaneidad tiene para ofrecernos en consumo y entretenimiento, con seguridad y, lo mejor, condensado en un mismo lugar. Cada vez que uno nuevo altera el ‘orden vecinal’, comerciantes y clientes tienden a abandonar las calles aledañas y arroparse bajo el resguardo de aquella edificación advenediza equipada con estacionamientos, vigilancia, techo, atracciones infantiles, plaza de comidas, casas de cambios, baños y, sobre todo, ‘locales exclusivos’. Aún más, grandes almacenes encuentran ocasión de competir, casi nunca en forma igualitaria, con la pequeña economía del sector.

En determinados casos los intercambios sociales y mercantiles en las zonas implicadas pueden verse dinamizados e incluso fortalecidos con estos arribos. Pero en muchos otros ocurre lo opuesto y los predios aledaños y públicos, antes protagonistas, van tornándose desolados, cuando no invadidos alrededor por fritanguerías, universidades tipo Garatec y ventas de empanadas amarillentas. Si no me creen, vayan a la 15 y lloren.

Al abrazar el “culto del centro comercial”, los ciudadanos abandonamos las calles, renunciamos a lo que nos pertenece, a lo público, y optamos por acogernos al reino de lo ajeno, sometidos al dictamen de las grandes marcas y confinados a edificios sin sol, plagados de franquicias idénticas a las que encontraríamos en Tegucigalpa o en Tel Aviv.

No pretendo boicotear a Metrópolis, a Pedro Gómez, a Palatino ni a los honrados ocupantes o visitantes de dichos santuarios. Pero justo sería reconocer que aunque los centros comerciales suelan ser venerados por la cultura popular como núcleos catedralicios de la convivencia humana e impulsores del desarrollo, también han funcionado innumerables veces como devoradores naturales de la vida barrial.

Traten, por ejemplo, de que en algún local de Plaza de las Américas les fíen. O siéntense a ver qué sucede si un habitante de calle lleva a su hija al Andino en diciembre para una selfie con Santa Claus. Yo, por mi parte, y aunque a veces me vea forzado a visitarlos, aportaré siempre que pueda mi inmodesta ausencia de estos palacetes del comercio como contribución a una urgente retoma de calles y andenes. Hasta el otro martes.

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