De repente la lancha se detuvo. Ya estaba navegando las aguas del río Yurumanguí. Los motores se apagaron. Uno de los líderes sociales toma la vocería y comienza su relato. “Aquí quedaba El Firme, es la primera de las veredas que se encuentran en la ribera del río. Ustedes pueden ver esos troncos que aún están clavados en la arena, estos eran los soportes de un pequeño muelle que existía en este caserío”.

El río Yurumanguí es un tranquilo afluente que desemboca en las aguas del pacífico, al sur de Buenaventura. Para llegar al río es necesario navegar dos horas en alta mar desde el puerto, y luego adentrarse en las entrañas de la espesa selva en un recorrido que puede durar hasta cinco horas para llegar a la última de las doce veredas que conforman el Consejo Comunitario del Río Yurumanguí. Su historia está marcada por todos los actores del conflicto.

El génesis del horror en el Yurumanguí ocurrió en la masacre del Naya (rio que se encuentra más al sur y marca la frontera entre el Valle del Cauca y Nariño). Allí, entre el 10 y 11 de abril de 2001, en plena semana santa, paramilitares del Bloque Calima al mando de José Hebert Veloza, alias HH, asesinaron a cerca de 50 personas, según un relato del diario El Tiempo. Entre el 13 y el 16 de abril los paramilitares se enfrentaron a guerrilleros del frente 29 de las Farc, y sólo hasta el 26 de abril se asomó la fuerza pública en la zona.

Veinte días después de la masacre del Naya empezaron las capturas a paramilitares por parte de la armada. Desde Puerto Merizalde, que es la puerta de entrada al río Naya en el pacífico, los paramilitares buscaron huir. En ese momento, según relatos a Justicia y Paz de Juan Mauricio Aristizabal, alias El Fino, (exjefe de finanzas del Bloque Calima), un coronel de la Armada de apellido Moreno les dio la idea de crear una barbarie a nombre de las Farc para desviar la atención sobre lo ocurrido en el Naya y que los paramilitares pudieran emprender huida. La orden de capturarlos venía desde presidencia. Fue en ese momento que los paramilitares llegaron a El Firme.

“Me dijeron que hiciera una barbarie” Esa fue la confirmación de la orden recibida por los paramilitares confirmada por el desmovilizado Yesid Enrique Pacheco, alias ‘El Cabo’, según cuenta el portal Verdad Abierta. El cabo fue el único paramilitar que logró salir de la región en ese momento.

Según los relatos de los habitantes del Yurumanguí, la noche de horror se vivió el 29 de abril de 2001. Alias El Cabo iba en compañía de alias Félix. Cuando Llegaron a El Firme, hicieron salir a las personas de sus casas, los paramilitares iban, supuestamente, como guerrilleros de las Farc. Mientras Félix asesinó a siete personas con un hacha que había en una de las viviendas, El Cabo violó a una mujer. Además incendiaron las casas de El Firme, y las de algunas veredas cercanas. Desde ese día El Firme dejó de existir. Los sobrevivientes se desplazaron a algunas veredas cercanas y hacia Buenaventura.

Una de esas veredas cercanas se llama Veneral del Carmen. Al pueblo se llega luego de pasar por lo que otrora fuera El Firme, y con treinta minutos más de recorrido por el Yurumanguí. Allí llegó Publimetro, en compañía de la Unidad de Restitución de Tierras. En medio de alabaos cantados por los jóvenes de Veneral, sus habitantes recibieron una de las más gratas noticias que han recibido en años: un juez ordenó la restitución de tierras al Consejo Comunitario de este río.

“A nosotros no nos van a devolver la tierra, porque nunca nos quitaron la tierra, pero si nos quitaron el tejido social que es lo más importante. Nos desbarataron esa relación cultural que había entre las diferentes comunidades del río Yurumanguí, en el marco del conflicto” sentencia Alver Arroyo, maestro y líder comunitario.

“El conflicto nos desbarató el fortalecimiento organizativo, la productividad del río, las relaciones culturales ancestrales que son la base de los valores que sostienen la familia y la sociedad yurumanguireña, las celebraciones de las fiestas patronales, donde la gente se sentía en armonía con sus amigos, donde compartían a través de un viche, de un arrullo, de un currulao; esa cosa se rompió y lo que estamos es tratando de rescatarlo y fortalecerlo” explica Alver.

Para los habitantes de las veredas del río Yurumanguí empieza a asomarse la presencia del estado. Ahora la labor es vencer el miedo, dejar de lado la precaución y guardar la esperanza de que el Estado empiece a responder. Con esta sentencia, 2869 personas que viven en la ribera del río podrán beneficiarse de inversiones para proyectos productivos, especialmente dedicados a la pesca, mejoramiento de vivienda y la recuperación del tejido social por parte del estado. Ya pasó la horrible noche, y se asoma un nuevo amanecer para esta comunidad de pescadores que, a pesar de la violencia, se niega a dejar la tierra donde tienen sus raíces.

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