Eran las 10:00 a.m. y junto a Pedro, el dueño del hotel en el que nos hospedamos, caminamos cuesta abajo por San Agustín, un pueblito ubicado al sur del Huila, de clima templado y un paisaje lleno de verde, como un tapete natural tendido bajo un cielo azul, contagiándonos de paz… de esa paz tan necesaria en estos tiempos convulsos.

“Háganse aquí, que ahí pasa el bus. Vale $1500 y le dicen al conductor que los deje en la entrada del parque”, esas fueron las indicaciones de Pedro, que como buen anfitrión de su tierra, horas antes nos había dado de desayuno huevos de pato y café huilense.

Así lo hicimos. Esperamos el bus y nos bajamos en donde nos indicaron después de 20 minutos de recorrido. En la puerta vimos un letrero gigante que decía Parque Arqueológico San Agustín y un corredor tupido de espesa vegetación, que de un momento a otro nos abrió paso.

Junto a Camilo, con quien preparé este viaje por varias semanas, entramos. Compramos dos botellas de agua y dos de Gatorade, nos untamos de bloqueador solar, nos pusimos una cachucha, ¡y a caminar!

Días antes de visitar el parque, Pedro y su esposa nos contaron la importancia de estos seres –para ellos son más que estatuas– que estábamos a punto de conocer. Desde 1913, cuando iniciaron las excavaciones por el alemán Konrad Theodor Preuss, los locales se apropiaron de esa cultura. Es suya, nuestra, de los colombianos. En sus casas, incluso, hay réplicas de las piedras, algunos las tienen de adorno porque muestran algo de su región y otros, más creyentes, las ponen como protección.

“Esa cultura que habitó aquí nos dejó muchas cosas bonitas. Los turistas vienen por dos o tres días y terminan quedándose una semana o 15 días”, contaba Pedro mientras les daba de comer a las más de 10 gallinas que tiene en el patio de su casa, la misma que funciona como hotel. “Es que esta tierra es muy bella. Van a ver que se quieren quedar más días y después de acá arrancan para Tierradentro”, dijo, como si nos hubiera leído la mente.

Con esa frase en la cabeza, y entendiendo que lo que íbamos a ver no eran simples estatuas, iniciamos un recorrido de casi cuatro horas por una cultura a la que nombraron igual que al pueblo, y que después de 105 años de descubrimiento (o por lo menos lo que registran los libros, porque antes de esa fecha los saqueadores hicieron de las suyas) aún guarda más misterios que revelaciones.

Manteniendo las proporciones, la cultura San Agustín, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1995, es como nuestro Machu Picchu, no por nada es considerada una de las siete maravillas de Colombia y su visión de la muerte y la fertilidad va más allá. “Es a la derecha, sigan que ahí es donde empieza todo”, nos dijo uno de los vigilantes del parque.

Descubrimiento de San Agustín

Estatuas frente a las casas de los habitantes del pueblo, niños posando con ruana, sombrero al lado de figuras antropomorfas y uno que otro hombre cuyos rasgos no indicaban ser de aquí, se ponían frente a nosotros en la galería de imágenes que muestra cómo fue el descubrimiento y excavación de San Agustín, en el Macizo Colombiano.

Las preguntas nos invadieron: ¿cómo hicieron para mover esas piedras que pesan toneladas?, ¿cómo las tallaron?, ¿en quién estuvieron inspirados para darles esa forma?, ¿qué querían decirnos?, ¿por qué la muerte era tan importante para ellos? Las respuestas quedan sujetas a la interpretación de las investigaciones o a las teorías que rondan sobre extraterrestres con avanzada tecnología.

Según el Instituto Colombiano de Antropología e Historia, Icanh, “las primeras descripciones escritas de los monumentos fueron hechas a finales del siglo XVII por el cronista fray Juan de Santa Gertrudis (Santa Gertrudis, 1970), y desde 1913 (Preuss, 1931) la región ha sido estudiada intensamente por arqueólogos interesados en entender mejor la monumentalidad de estas tumbas y la importancia de elementos conmemorativos para el desarrollo de las sociedades políticamente complejas o cacicazgos”.

Sin embargo, estos hallazgos no están en un solo lugar, hay que moverse entre San Agustín (pueblo) e Isnos, otro de los municipios que guarda secretos, para conocer el Alto de los Ídolos y el Alto de las Piedras. Antes de visitar el parque arqueológico, nos aventuramos a este lugar de Colombia y cuando llegamos sentimos una calma indescriptible.

Lo único que escuchábamos era el sonido de los pájaros y el viento soplar. Nadie se atrevió a hablar, leíamos en silencio las placas descriptivas y bajamos. Fueron 20 minutos de recorrido en cada Alto. El tiempo perfecto para darnos cuenta de la magnitud de la cultura agustiniana.

Al llegar a las Mesitas (San Agustín), entendimos las palabras de Jahir, el pelado de 19 años que nos llevó en su camioneta de un lado a otro por caminos destapados, cuando aseguraba que la paz no se había ido de esta tierra, solo se había escondido por las balas: “Después de que sacaron a los guerrilleros de acá, el turismo mejoró, la gente se dedica a sus cultivos de café y podemos llegar hasta el salto de Bordones. Antes no se podía porque en una esquina estaban los guerrilleros y en la otra el Ejército, ¿usted cómo pasa con turistas y ese cruce de balas?”.

El orgullo escondido

Los colombianos, con el paso de los años, han elegido a San Agustín como destino turístico. El año pasado, el parque recibió más de 105.000 visitantes, entre extranjeros y nacionales.

Siempre quedan las ganas de volver. En el parque se encuentran figuras monumentales como Águila y serpiente, El Doble Yo, El partero, sarcófagos que a simple vista se nota que pesan toneladas y la fuente de Lavapatas, uno de los descubrimientos más importantes y conservados del parque, fiel reflejo de la grandeza de esta cultura que desapareció sin dejar rastro muchos años antes de la llegada de los conquistadores a estas tierras.

Sinceramente, no me alcanza una página para contarles por qué San Agustín es de esos lugares en nuestro país que merece un capítulo especial. Lo único que les puedo decir es que lo visiten, se tomen una semana para hacer el recorrido y que esos días entren en la lista de los mejores de su vida.


Otros tesoros

Además de San Agustín e Isnos, Huila, en veredas cercanas hay otras estatuas como La Chaquira, El Tabor, El Tablón, La Pelota y El Purutal. Lo locales ofrecen cabalgatas o paseos en camioneta para conocerlos en un día. También vale la pena visitar el estrecho del Magdalena y el salto de Bordones.


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