Al recorrer los cañaduzales sembrados a lado y lado de una de las carreteras de Risaralda se me hace inevitable pensar en la película colombiana La tierra y la sombra, del director César Augusto Acevedo; una historia gris y desesperanzadora de una familia que vivía en medio de plantaciones de caña de azúcar.

Pensé en lo difícil que podría ser la vida en el campo y las implicaciones que podría traer a futuro el trabajar toda una vida en la producción de derivados de la caña, como ocurría en esa película.

Pero después de un par de horas junto a la familia León Guapacha comprendí que para quienes viven en el campo no ha habido nada más difícil que sufrir las consecuencias de una guerra en la que nada tienen que ver y que los obliga a dejar sus tierras.

Eso ocurrió con Fabio León y su familia, cuando en el 2003 tuvieron que abandonar su finca.

Después de varios años y de un largo proceso en la Unidad de Restitución de Tierras, regresaron al lugar al que sienten que pertenecen. Está a varios kilómetros de la vereda Llanadas, del corregimiento de Quinchía, Risaralda. Para llegar hasta la finca hay que caminar 30 minutos por un camino angosto y empinado al que solo se puede acceder a pie o a lomo de mula.

“Volvimos al campo porque la ciudad es muy dura para vivir. En cambio, en el campo hay más posibilidades”, nos dice Fabio León mientras revuelve con un extenso palo en forma de cuchara una de las cinco pailas en las que hierve el guarapo hasta lograr la textura y el color de la miel.

El calor que se siente en la cima de la montaña, en la que está ubicada la finca de los León Guapacha, se triplica bajo el kiosco en el que trabajan él, un campesino de la zona y el resto de la familia, para sacar rápido la producción de panela que posteriormente venderán en Manizales. Aunque las ganancias aún no son muchas, la panela les ha permitido vivir una vida tranquila desde su retorno.

La época sombría

Fabio León vive hace 17 años en esa finca con su esposa, Marina Guapacha; su suegra, Rosalbina Aricapa, y sus hijos, Alejandra y Andrés. Ahí se dedicaban a la siembra de caña de azúcar y cacao, oficio que Fabio le aprendió a sus padres desde que tenía ocho años y que después le enseñó a sus hijos.

Pero en 2003 salieron desplazados hacia Manizales, huyendo del terror que había sembrado una disidencia del Ejército Popular de Liberación (Epl).

Este grupo se desmovilizó el 15 de febrero de 1991, pero el frente Óscar William Calvo decidió declararse en disidencia y volvieron a armarse. Entonces ‘Francisco Caraballo’ se convirtió en el máximo líder de la disidencia del Epl y ‘Marcos Gonzales’ en el comandante del frente que se concentró en Risaralda.

Se lee en el fallo que ordena la restitución de tierras a esta familia que en el municipio de Quinchía y en las áreas circundantes empezó a hacer presencia continua el frente Óscar William Calvo desde el 2002, marcando el inicio de la escalada del conflicto armado en este municipio con asesinatos selectivos y secuestros, hasta el 2006.

Fue en esa época en la que muchos pobladores de la región se vieron obligados a dejar sus hogares y refugiarse en lugares muy apartados.

Eso hizo la familia de Fabio y Marina vivieran por un tiempo en la capital de Caldas.

El retorno

“Nos fuimos a Manizales y allá había que buscar trabajo en lo que resultara. En construcción y el ‘rebusque’, porque cómo más iba a vivir uno en una ciudad”, nos contó Fabio.

Luego, gracias a que pertenecían a una asociación de desplazados de Quinchía conocieron sobre la ley de restitución de tierras.

“Un día llegó un señor a contarnos que había una ley que nos iba a devolver las tierras, pero que teníamos que ir hasta Pereira. Entonces viajamos hasta allá primero a averiguar. Ahí nos dijeron qué papeles teníamos que llevar y entonces ahí sí volvimos a viajar con todo a Pereira”, contó Marina Guapacha, quien afirmó que fue “un proceso muy demorado” porque empezaron desde el 2013.

Los papeles del predio lograron encontrarlos al poco tiempo y eso fue lo que les permitió regresar a la finca.

“Volvimos porque esto por acá es muy tranquilo. Gracias a Dios desde el 2006 esto no volvió a ser violento”, manifestó Marina.

En la primer visita vinieron con el juez y tomaron las medidas de la finca.

Ellos aseguran que la finca fue restituida en su totalidad. “Solo no quedó un lote que se llama el desconsuelo porque estaban enredados los papeles. Ese predio sí quedó ahí”, agregan.

Marina también recordó que la finca estaba completamente destruida cuando volvieron y poco a poco la empezaron a restaurar. “Cuando volvimos nos tocó volver a empezar. Todo estaba muy abandonado. La caña, el cacao, todo se había perdido y nos tocó volver a sembrar”.

Desde entonces, empezaron a trabajar incansablemente en volver a sembrar las 4,5 hectáreas de tierra que tienen, una parte con caña de azúcar y otra con cacao. Pero el trabajo más difícil se hace cada 15 días, cuando cumplen con largas jornadas de más de 15 horas y que empieza a la 1 a.m.

A esa hora Fabio y su trabajador comienzan a moler la caña en el trapiche para recaudar la mayor cantidad de guarapo que será el que hierva, durante varias horas, en los cinco fogones que recientemente construyeron.

Al final del día, en esta pequeña finca ubicada en la cima de una montaña, se producen entre 20 y 24 kilos de panela, uno de los productos colombianos que más llama la atención en el exterior y que ha sido una tradición que esta familia ha compartido de generación en generación.

Al parecer, Fabio y su familia no se alcanzan a imaginar qué tan apetecido es en el resto del país este alimento que llega al mercado de Manizales. Lo que sí imaginan es su finca convertida en una gran procesadora de panela que borre cualquier rastro que la violencia haya podido dejar.

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