Comienzo a girar en el tiempo, como ese niño que a sabiendas da vueltas para luego desplomarse, todo embriagado de imágenes dispuestas igual que un carrusel. Regreso así a 1992. Cuando no teníamos más que dieciséis, a lo sumo dieciocho, y un montón de preguntas. Cuando el colegio era un resumen insuficiente del universo y el concepto de crueldad estaba enteramente compendiado por ‘Caucho’ (así apodábamos al profesor de cálculo y trigonometría). Cuando ver a Guns N’ Roses en El Campín lucía como el súmmum, y cuando, en eras ‘pre-Google’, saber de música constituía una rara virtud. Cuando estudiábamos –cosa que poco hacíamos– envueltos entre las brumas del racionamiento eléctrico, bajo precaria luz de vela.

Lela llegó a décimo grado ya avanzado el primer bimestre. Me figuro que, al igual que a la mayoría del alumnado de aquel plantel, yo incluido, la habían expulsado de su colegio… el Marymount, si mi memoria no anda de imaginativa. Hablaba perfecto inglés, tenía pelo corto, facciones bonitas, piel en extremo blanca, inclinaciones esotéricas y una inteligencia excepcional. Leía más que la mayoría y, muy importante, era propietaria de un buen walkman Sony Sports, color amarillo resaca, y de un Mazda 626 dorado.

No se asemejaba a nadie. Exhalaba cierto cosmopolitismo raro en la Bogotá de entonces, aún más insular que la presente. Se movía con brillantez entre la marginalidad y la independencia, incluso en medio de un mundo que la miraba y trataba como a un exotismo vivo. Los náufragos empatizamos. Supongo que por eso empezamos a conversar. Poco después de conocerla le comenté sobre una banda norteamericana de mi predilección, resuelto a la imposible empresa de ‘corcharla’. Devo, se llamaba. La semana siguiente, de la nada, Lela se apareció con un cassette compilado con algunos de sus éxitos, a manera de presente espontáneo. Así fuimos haciéndonos amigos, tras descubrir que a nuestra común afinidad por el rock británico se sumaba una igual de apasionada por los destilados y añejos. Le envidiaba, justo es decirlo, sus respuestas tan sensatas como ácidas. Ostentaba el don de desconcertar.

Todavía me parece estar a su lado en la mitad de alguna ingesta etílica de antología. De alguna excursión por esos bares que entonces denominaban ‘alternativos’ y que hoy a un millennial convencional quizá le suenen a insignificancias geriátricas. Mientras muchos contemporáneos –en su absoluto derecho– se deleitaban con El meneaito y con Magneto, ella se mantenía inmersa a voluntad en la burbuja sofisticada de Happy Mondays, The Charlatans y James. Con Lela fui por la primera de las veces a Transilvania, establecimiento que para mi generación sirvió de refugio. Con Lela, también por la primera de las veces… (esto me lo reservo para ella y para mí, como acordamos aquel día del 93).

El sábado Lela, de quien no sabía hace dos décadas, se marchó de esta dimensión. Me pesa haberme abstenido de refrendar aquellos momentos. Decidí, pues, relatar la presente historia, inconclusa y a destiempo. Porque en un entorno tan propenso a uniformarse son de resaltar aquellos que se permiten existir a su muy personal manera, de manera consistente, libre y decidida. Porque, la verdad, jamás supuse que los años anduvieran a semejante velocidad. Por eso y porque, más allá de su ausencia física, acabo de entender gracias a Lela que uno suele vivir demasiado ocupado para lo relevante. ¡Hasta la eternidad, eterna amiga!

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