“A uno las mujeres no lo quieren porque siempre lo ven sucio, y ahí entonces la platica no sirve”. Esa es la conclusión de Misael Duarte, un minero de ojos profundos, de piel cuarteada y delineada por las sendas que recorre del polvillo de carbón mezclado con sudor; que acaba de salir de la penumbra de ocho horas picando las entrañas de la tierra a más de doscientos metros de profundidad. Sus ojos se ven como si acabara de despertarse, irritados, como si en un segundo hubiesen pasado de la noche al día.

Misael es minero. Trabaja en una mina carbonera de Ubaté, al norte de Cundinamarca, en límites con Boyacá. Tiene hijos, esposa, y de sus 46 años ha pasado 21 dentro de las entrañas del planeta. Nunca ha tenido accidentes. “Uno no se estresa, no hay ruido, no hay lluvia, uno está mejor que en la superficie. Yo allá adentro la paso mejor que cuando la gente va trabajar en una empresa”, cuenta.

Lo primero que se nota al momento de llegar a una mina en esta región es la desconfianza de los que allí trabajan. Es común que todos cesen sus actividades y busquen refugio en zonas familiares. Las minas se han convertido en el refugio perfecto lejos de las preguntas, las miradas y los señalamientos porque, aunque las minas son legales, a eso los ha empujado la historia. Finalizando la década anterior, el Gobierno Nacional decidió poner en cintura a los mineros tradicionales del país, entre ellos, los mineros de carbón del Valle de Ubaté. Para ello, empezó a exigir a las minas procesos de calidad y licencias ambientales que no existían. “Cuando llegó el Estado a poner control a las minas, era común ver que llegaba el Ejército en compañía de la Fiscalía, y todos los propietarios y trabajadores de las minas salían esposados. Eso hizo que para todos se convirtiera casi en un secreto decir que eran mineros”, cuenta Hugo Cubillos, periodista en Tausa, Cundinamarca, por más de 20 años. Fue necesario entonces que los mineros y el Gobierno acordaran tiempos para cumplir con las nuevas exigencias, pero la percepción de criminalidad sobre los mineros no ha desaparecido.

Para Cubillos ser minero en la región se ha convertido en un oficio del cual no se puede estar muy orgulloso. “Estamos en un momento donde todo el mundo odia las minas. Los ambientalistas han señalado a los mineros, y eso ha hecho mella. En ellos se ha creado un estigma, se les ha impuesto la culpa de las consecuencias ambientales de lo que pasa en el entorno. Pero realmente es desconocimiento sobre el trabajo de esta gente. Por eso aquí se ha creado un dicho que dice: “La minería no deja sino huecos y viudas”.

La mina está ubicada en el Valle de Ubaté, que está a la vez compuesto por 10 municipios, todos de tradición minera. Por más de 70 años se ha extraído carbón de esta región. “Nosotros al sombrero le echábamos aguapanela, y eso quedaba duro, quedaba como un casco. Uno podía pegarle a eso contra lo que fuera y no se dañaba. Iluminábamos todo con carburo, eso era lo que causaba explosiones por tener chispa en acumulación de gases”, cuenta Marco Aurelio Espinoza, propietario de una de las minas de la zona.

Para Marco Aurelio es innegable que la explotación minera tiene un impacto ambiental. Explica que cualquier acción del ser humano en un ecosistema va a generar un cambio. Pero también deja claro que además de hacer extracción de carbón, busca cuidar la capa vegetal, razón por la que explota su mina desde los doscientos metros de profundidad, y ha reforestado la zona. “Cuando yo llegué aquí a explotar hace más de 40 años no había árboles. Yo me he encargado de cuidar esto, de mantener vivas las fuentes de agua, de sembrar, de mantener esto verde”. Para él, no se hacen fuertes los impactos al ecosistema si la minería se sigue haciendo a pequeña escala.

“Aquí sí hay grandes mineras. Hay lugares donde existen trenes subterráneos, sobre todo hacia el lado de Simijaca. Esas minas sí están impactando fuertemente el entorno. Allí se han afectado fuentes de agua, lagunas que había por acá cerca y ya casi no existen. Pero si la minería se sigue haciendo a pequeña escala se puede seguir manteniendo. Aquí donde estamos parados hay decenas de minas, y mire el entorno. Se sigue produciendo en la superficie y bajo tierra. De hecho, hoy impacta más la ganadería que la minería”, explica Hugo Cubillos.

Y es que, en esta región de Cundinamarca, la minería es la base de la economía. Una sola mina, con alrededor de una treintena de obreros, puede producir 2000 toneladas de carbón por mes, lo que se traduce en ingresos cercanos a 500 millones de pesos por mina. Un minero, tiene ingresos promedio por tres millones de pesos mensuales. Esto convierte a la región en una zona económicamente fuerte y dinámica.

“¿Por qué un minero no genera un impacto fuerte en el ecosistema? Porque ellos, los mineros, son de aquí. Son gente que lleva décadas en esta zona y ha visto cómo la minería impacta la agricultura y viceversa. Tienen claro que una no puede existir sin la otra”, explica Cubillos. Para él, la relación de las minas con el Estado ha cambiado de forma positiva. Explica, además, que la llegada del control estatal se ha traducido en tecnificación y mejoras en las condiciones laborales de los mineros. 

“Yo llevo 40 años explotando esta mina y solo he tenido un accidente que tristemente terminó con un muerto. A los trabajadores se les realiza hasta prueba de alcoholemia antes de entrar a la mina. Pero sí, hay muchos mitos alrededor de la minería, y la gente los ve sucios y hasta creen que son como criminales. Por eso en esta mina yo me preocupo por tratarlos bien. Porque yo estuve ahí adentro. Con eso yo levanté a mi familia, y ahora mis hijos se encargan de este negocio”, explica Marco Aurelio.

Pero, a pesar de los cambios positivos, ser minero en Ubaté sigue llevando una marca difícil de borrar. El creciente rechazo a la minería por parte de la sociedad ha llevado a que sea un oficio que va en detrimento. “Si desaparece la minería en la zona, la economía se viene a pique. Aquí dependemos del carbón. Hay agricultura y es importante, pero aunque la gente no lo crea, genera menos impacto la mina”, sentencia Hugo Cubillos.

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