Una verdadera guerra tuvieron que librar las mujeres para la inclusión de sus derechos en el acuerdo de paz con las Farc, y poder recibir una reparación integral como agentes victimizados.

Ellas, ansiosas por ser escuchadas, se organizaron y, canalizadas en las múltiples ONG dispuestas a ser parte de la lucha, empezaron a buscar caminos para llegar al Congreso, al Gobierno y a los victimarios que negociaban por el fin del conflicto de más de 50 años.

“Queremos ser pactantes, no pactadas”, fue la premisa con la que nació en 2013 la Cumbre Nacional de Mujeres por la Paz, que hace parte de la Comisión Nacional de Garantías, en el Consejo Asesor de la Defensoría del Pueblo.

Este grupo fue creado a partir de la alianza de ocho organizaciones, conformadas a su vez por más de 1500 pequeñas ONG nacionales, en las que mujeres mixtas, étnicas, campesinas, indígenas, afrodescendientes, estudiantes y juveniles de todo el país comenzaron a incidir en procesos de respeto de los derechos humanos en sus comunidades y a interesarse por tomar protagonismo en cuatro procesos: constituirse en colectivo social con poder político para actuar y decidir en la construcción de la paz con justicia social; ser pactantes y no pactadas en los acuerdos entre el Gobierno y las Farc; incidir en la mesa de conversaciones  y en los mecanismos de participación, así como en la refrendación, verificación e implementación del acuerdo relacionado con los derechos de las mujeres. 

Como parte de este proceso de inclusión, la cumbre creó las Escuelas de Formación de Mujeres, que son espacios para socializar y brindarles herramientas para vigilar el cumplimiento de los acuerdos con las Farc. La última de estas escuelas de formación se desarrolló en mayo, en Cartagena. Ahí se buscaba que 53 mujeres líderes, víctimas del conflicto y de la violencia de género, recibieran las herramientas para entender los procesos de la implementación del proceso de paz y cómo, desde las comunidades, se debía entender que dicha implementación era necesaria, no solo para cumplir con lo pactado con las Farc, sino con las mujeres que se han sentido doblemente víctimas.

“Cuando las mujeres entendemos que además de ser víctimas de la guerra como colombianas, también lo hemos sido por el hecho de ser mujeres, comprendemos que somos doblemente víctimas y la lucha para el reconocimiento de los derechos, la paz y la reconciliación se nos convierte en una bandera”, cuenta Josefa Morelo, más conocida en el mundo de las organizaciones femeninas como ‘la Mamá Grande’.

Y es que el movimiento femenino que se ha tejido en el Caribe colombiano se evidenció en la escuela de formación. Abogadas, líderes populares, jóvenes y mujeres de la comunidad transexual se reunieron para compartir lo que las comunidades de tierras lejanas a las urbes han hecho sobre el tema de enfoque de género del acuerdo de paz.

“Mujeres, aquí debatimos y nos instruimos sobre el futuro de nuestras organizaciones y de los derechos de la mujer. Esto no es un juego”, afirmaba con tono de alerta una de las mujeres que no paró de tomar nota en los dos días de la escuela.

Y los temas eran serios, la reconstrucción del proceso de paz, lo que estaban pidiendo las mujeres y lo que se quedó por fuera. “Cuando uno desconoce el acuerdo, no tiene cómo defenderlo. Cuando no sabemos nuestros derechos, no tenemos las herramientas para pelear por ellos, pero lo más importante es que si no conocemos nuestras diferencias, nuestras particularidades y lo que nos hace únicas, perdemos la oportunidad de construir un país diferente, basado en las oportunidades de alejar al machismo y la indiferencia con las mujeres”, cuenta Yohandra Iriarte, abogada cartagenera de 22 años que hace parte de los movimientos desde los nueve años.

Lo que suena como un seminario común se convirtió en la posibilidad para que mujeres afro, transexuales e indígenas compartieran saberes culturales, como el armado de un turbante, símbolo característico de sus etnias.

‘La Mamá Grande’ les arma los turbantes a todas, quienes felices salen a tomarse selfies. Cuando se le pregunta si siente que esto es apropiación cultural, sonríe y asegura que lo importante es que las reconozcan por lo bonito y no por las cicatrices de la guerra, y bien que lo saben.

La tallerista, quien las moderaba para que aprendieran sobre la implementación y el mensaje para las comunidades feministas de la Costa, relata que la riqueza de la escuela radica en que todas quedan alerta con respecto al acuerdo.

“Las mujeres deben ser quienes verifiquen que los acuerdos se cumplan, porque de alguna manera, así construyen paz en sus territorios”, señala Alisson Betancourt.

Y eso es finalmente lo que esperan las mujeres: “Estos espacios sirven para ponerle los ojos femeninos a la implementación de la paz, para que no nos hagan ‘conejo’ y que las mujeres podamos seguir luchando por nuestros derechos, pero desde un aparato estatal fortalecido que nos respalde, enmarcadas en lo que conseguimos, con el fin de que se termine esa horrible guerra de la que fuimos víctimas directas”, señala Yohandra.

Las escuelas forman mujeres de todas las edades, de todas las extracciones sociales y muestran las verdaderas luchas feministas que han transformado las políticas públicas en torno a todas las madres, hijas, abuelas del país, y buscan que el Gobierno y las Farc cumplan, enmarcados en la defensa y el cuidado de los derechos del género que ha demostrado que no es el débil, sino igual de fuerte e impetuoso.

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